domingo, 7 de febrero de 2010

En tierra hostil

El asunto prometía. Cuando fui a verla, ya sabía que “En tierra hostil” había sido nominada a nueve oscars, al igual que “Avatar”, su digna rival en la alfombra roja. Asistí a la proyección pendiente de todas las nominaciones que recordaba. ¿Mejor película? “Ya veremos”, pensaba. ¿Mejor actor? ¿Cuál de ellos? Bajo mi punto de vista, ninguno destacaba sobre los demás. Ese estilo de rodaje estilo documental no permite precisamente que se luzcan las buenas formas de hacer de un determinado actor. Deliberadamente se pretende, con ese estilo de rodaje, que los personajes parezcan reales, y de hecho se consigue bastante bien. Nada que ver la actuación de Jeremy Retner, el artificiero suicida, con la de Robert Downey Jr en Sherlock Holmes, por poner un ejemplo de actor injustamente no nominado.



¿Nueve oscars? Hacia la mitad de la película ya pensaba que lo cierto es que de momento no se justificaba ninguno de ellos. Sin ser mala, no dejaba de ser, a mi parecer, otro panfleto bélico de esos que nos regalan de vez en cuando los americanos. Comprendo que la película suba la adrenalina de los fanáticos de Call of duty, porque en muchas ocasiones recuerda a ese juego. Sobre todo en esas ocasiones en las que se dispara y se mata a algún enemigo sin que ni siquiera se le vea la cara, algo que siempre me ha puesto nervioso. El no conocer la naturaleza del elemento contra el que se dispara, hace que el hecho de disparar no importe nada.



En esas estaba, cada vez más alucinado. No terminaba de comprender el sentido de la película. Un grupo de artificieros, a cuyos miembros les quedan pocos días para volver a casa. Uno de ellos ha sustituido al personaje encarnado por Guy Pearce, reventado por un bombazo al principio de la película (buen recurso de la directora, lo reconozco. Nadie espera que un actor de esa categoría muera al principio. Algo parecido a lo que sucede con Ralph Fiennes, que también muere casi nada más aparecer). El nuevo artificiero parece un paranoico al que no le importa en absoluto exponerse a los peligros de una explosión. Se arriesga continuamente, lo que provoca la lógica ira de sus compañeros. Las acciones se suceden una tras otra. El desasosiego de los protagonistas, ciertamente invitados no deseados en una tierra hostil, se percibe en cada una de sus salidas de la base, el territorio seguro. Está muy conseguida esa hostilidad, manifestada por las inquietantes miradas y actitudes de una población de la que jamás se sabe si está de tu lado o prefiere destriparte. Hasta un niño asomado a un balcón o a una azotea podría representar un peligro. Pero, ¿qué estamos pensando? Ese es el gran acierto de este tipo de películas. Han conseguido que veamos como una amenaza manifiesta a cualquier persona que habite un país considerado enemigo de los Estados Unidos. Los iraquíes no tienen casi ni rostro ni, por supuesto, palabra. Son entes amorfos contra los que hay que disparar en caso de duda. Los únicos que hablan en toda la película son un pobre hombre al que le han llenado el cuerpo de bombas, y un grupo letal que acaba con la vida de un inocente coronel que jamás antes había pisado el frente.



He leído en alguna crítica que la película es comparable a “Apocalypse Now” o “El cazador”. Nada más lejos de la realidad. Esos dos títulos, al igual que prácticamente todos los que se rodaron en aquella época, eran profundamente críticos con la intervención de Estados Unidos en Vietnam. Actualmente, nadie se plantea siquiera cualquier razón moral o política que justifique la presencia en Iraq de las tropas estadounidenses. Se trata como a ganado tanto a los soldados que cuentan cada uno de los días que les quedan para volver a casa, como a la población que sufre sus desmanes y los de los insurgentes que probablemente la presencia norteamericana ha provocado. Las películas bélicas que se hacían antes (“Hair”, “Senderos de gloria”, “Gallípoli”, “Salvar al soldado Ryan” y tantas otras, aparte de las dos mencionadas) portaban una intensa carga de antimilitarismo, de denuncia de la guerra. Las de ahora, cuando menos se sitúan en una posición ambigua, al igual que los juegos a los que he hecho mención antes. “La guerra es una droga” es la frase con la que empieza la película, con toda la carga de adicción que tamaña frase puede conllevar. Estamos aquí para salvar a la población, aunque para ello tengamos que cargárnosla, parece ser la lectura subliminal de este tipo de películas.



Todo esto pensaba a medida que transcurría la película. Tampoco hacía falta prestar mucha atención para no perder el hilo, sobre todo en determinadas y soporíferas escenas, como todo el episodio en el desierto. Seguía a la búsqueda de las nueve nominaciones, sin encontrar ni una siquiera. La burda escena de camaradería entre los tres compañeros, borrachos hasta caer al suelo y dándose puñetazos en el estómago, la absurda muestra de afecto con el niño iraquí apodado “Beckam” (necesaria, supongo, para intentar justificar un poco más el oscar al mejor actor), pasaban frente a mis ojos, deseosos de contemplar algo realmente merecedor de un premio. Se despliega cierta intriga ante el temor al bombazo inesperado, dada la profesión de artificiero de los protagonistas, pero quitando eso, nada.



Comencé a verlo claro más o menos hacia el final de la película. Tras una escena que a mi juicio podría resultar incluso obscena, con ese pasillo de supermercado inundado de miles de marcas de cereales, como contrapunto a la miseria del país en el que se desarrolla la acción, comencé a recapacitar. Nuestro buen soldado, a continuación, habla con su hijo pequeño, y viene a decirle, más o menos, que lo único que le interesa en la vida es hacer su trabajo, que consiste en desactivar bombas. “Los iraquíes nos necesitan”, proclama en una frase a la que sólo le falta música de fanfarrias. Tate, aquí está. La justificación a las nueve nominaciones. Escena final con el artificiero embutido en su traje antibombas, caminando como John Wayne por una calle de la zona en conflicto, mientras la música suena y la película acaba. La escena cumbre ideada por una directora que sabe de sobra la forma de tocar la fibra de los que deciden el destino de la estatuilla. Y entonces lo vi claro, amigos.



“En tierra hostil” va a arrasar, pero no porque se trate de buen cine. Va a arrasar porque los americanos necesitan esos nueve oscars, o el máximo número posible de ellos, para justificar en cierto modo su presencia en Iraq. Se trata de una entrega de oscars meramente política, decidida probablemente por las máximas autoridades. Los tiempos están cambiando, y a pasos agigantados. Si antaño se concedían premios a películas críticas con la intervención de Estados Unidos en conflictos lejanos, ahora se conceden a películas que hacen propaganda de la policía del mundo en que se está convirtiendo ese país sin que nadie se lo haya pedido. Me imagino a miles de jóvenes americanos corriendo, tras ver la película, a alistarse en el ejército para convertirse en el artificiero salvador, o para llevar el único sistema que funciona (según ellos) a esos bárbaros que habitan fuera de sus fronteras. No me considero antiamericano, ni por lo más remoto. La cultura americana nos ha proporcionado grandes iconos a lo largo de todos los tiempos, pero prefiero que se queden en su casa. Cuando salen, son capaces de los mayores desmanes, provocados por su profundo desprecio y desconocimiento de la naturaleza de los seres humanos que se les pongan por delante. Resulta inevitable eliminar ese tufillo que desprenden “En tierra hostil” y otros títulos parecidos (“Black Hawk derribado”, por ejemplo, que sin embargo resultaba infinitamente más interesante). Tufillo a que los ciudadanos del resto del mundo somos ciudadanos de tercera categoría comparados con ellos.



En resumen: película más o menos entretenida, que despertará grandes sensaciones a la legión de adoradores y fanáticos del Call of Duty, pero que ni por asomo se merece ni uno sólo de los oscars para los que ha resultado nominada.

viernes, 5 de febrero de 2010

Un tipo serio

“Recibe con simplicidad todo lo que te venga”, es más o menos la frase de un Rashi, un famoso rabino judío de la edad media, gran teórico de la Tora y el Talmudo, que a veces solucionaba los problemas con una sola palabra.



La frase describe a la perfección el espíritu que aletea durante toda la película, que podría parecer a priori aburrida, densa, pero que transcurre con facilidad para todo aquel que la contemple aplicando a su propia naturaleza la frase de Rashi. Larry Gopnik es un hombre serio (un hombre serio. No me parece adecuado el título “un tipo serio”, ligeramente despectivo). Magistralmente interpretado por Michael Stulhbarg (todo un descubrimiento, tengo que decirlo), Gopnik trata de caminar por la vida con seriedad, con rigor y con claridad. El espectador tiene la impresión de que al bueno de Gopnik le encantaría que todo se rigiera con las mismas leyes de las matemáticas, materia que imparte en un instituto. En este sentido resulta interesante la conversación que mantiene con uno de sus alumnos, un coreano que trata de sobornarle para que le apruebe. “Ni siquiera comprendo la paradoja del gato vivo y del gato no vivo. Lo que para mí está claro es toda la explicación matemática que viene detrás”.



No se sabe muy bien si es a partir de ese momento, el de la conversación con el incombustible alumno coreano, cuando la vida empieza a torcérsele al pobre Gopnik, o la tragedia viene de antes. Su típica familia americana se confabula para sacarle de sus casillas. En resumen, podría decirse que Gopnik trata a toda costa de mantener su honradez, pero el mundo no le deja. Su hijo, próximo a esa ceremonia de iniciación que tienen los judíos, se gasta el dinero en marihuana, y cuando va a pagar a su terrible camello, un inocente compañero de clase que parece medio lelo, le confiscan la radio en la que ha escondido el dinero. La confiscación da lugar a una memorable escena, en la que el director, un anciano judío, trata de comprobar el funcionamiento del aparato sin dejar pronunciar una palabra al pobre chico, que se pone nervioso ante la torpeza e ineptitud del pobre hombre. La hija de Gopnik se preocupa sólo de su pelo, y choca frontalmente con su tío, que ocupa el baño de la casa durante todo el tiempo para drenar su quiste sebáceo. Por si tanta tristeza no resultara suficiente, la esposa de Gopnik le propone el divorcio, ya que las cosas, al parecer, no van bien entre ellos, a pesar de que ni el mismo Gopnik parecía consciente de ello.



Gopnik, y esa es una de las grandezas, entre otras muchas, que para mí tiene la película, recibe todo lo que se le viene encima con simplicidad, pero también con una profunda sorpresa. Si en ciertos momentos podría pensarse que la película iba a derivar hacia “un día de furia”, a medida que conocemos a Gopnik mos damos cuenta de que eso no es posible, que la bondad y la nobleza de este hombre se estiran como un chicle ante las adversidades, y de que su capacidad de aguante y de incredulidad ante todo lo que le está pasando es infinita. A pesar de las amenazas, de los acosos constantes de su mujer y de su amante, de ese contacto con la incomprensible filosofía de vida coreana por no haber querido aprobar a ese alumno, Gopnok sigue adelante, y mantiene su integridad, o trata de mantenerla, por encima de todo.



Fred Melamed interpreta al amante de su mujer. Este personaje, otro descubrimiento, merece entrar por méritos propios en el olimpo de personajes que nos hacen amar el cine a los que lo amamos. Sólo por crearlo, los hermanos Coen merecen todo mi respeto y gratitud por los siglos de los siglos. Resulta indescriptible la capacidad de persuasión, la hipocresía a ultranza que despliega un tipo (este sí que es todo un tipo) que es capaz de sugerirle a Gopnik que se vaya a vivir a un motel, al tiempo que coloca su mano sobre su alucinado rival como gesto de amor. Desplegando el colmo de la amabilidad, se mete en la vida de Gopnik como un elefante en una cacharrería. Sólo interviene en un par de escenas, pero os aseguro que no tienen desperdicio. Creo que esas dos escenas representan el paradigma de la labia y la hipocresía humanas.



Gopnik vive, o sobrevive más bien, capeando el temporal como puede, aunque lo cierto es que lo único que hace es dejar que los acontecimientos le marquen el ritmo. Los únicos momentos de felicidad que tiene (la ceremonia de iniciación de su hijo y el encuentro con su inquietante vecina, otra gran actriz) no compensan en absoluto los momentos de tensión. Finalmente, abrumado por los acontecimientos y por los pagos que se le vienen encima (entre ellos, hay que joderse, el del entierro del amante de su mujer, que se ha matado en un accidente de coche), rompe su regla de honestidad, y aprueba al alumno coreano. Todo parece haber acabado, pero los hermanos Coen nos sorprenden una vez más con un final abierto a todo tipo de conjeturas.



“Recibe con simplicidad todo lo que te venga”. La película comienza con la frase de un rabino famoso. Resulta ante todo sorprendente la implacable capacidad de los hermanos Coen de reírse de sus propias creencias, de una forma de vida, la de la comunidad judía, tan encorsetada por sus rancias e innumerables tradiciones que resulta a veces ridícula. Si a toda la parafernalia moral y religiosa que rodea la vida de un judío, le unimos la necesidad de Gopnik de pedir ayuda a los rabinos, nos queda una implacable y acertada sátira contra todo ese mundo. Cada una de las entrevistas con los tres rabinos que mantiene Gopnik, está precedida de un solemne título a toda pantalla y de una especie de mazazo musical. Cada uno de los tres rabinos es mayor que el anterior. Si bien el joven parece mantener una cierta ilusión, aunque sea incapaz de darle una solución a los problemas de Gopnik, el maduro parece estar ya de vuelta de todo, y lía todavía más al protagonista con la surrealista historia del dentista, que no conduce a ninguna parte. El tercer rabino, que se supone que ha alcanzado la sabiduría, ni siquiera se digna a recibir a Gopnik, porque “está pensando”, según su carpetovetónica secretaria. En este sentido, el de la sátira a la tradición judaica, resulta admirable la escena de la iniciación del hijo de Gopnick. Rodada con una cámara que distorsiona ligeramente el ángulo visual, y que refleja a la perfección la angustia que siente el muchacho antes de enfrentarse con esa dichosa Tora que tiene que leer para ser aceptado en la comunidad (¿dónde narices fabricarán esos enormes rollos de pergamino que los rabinos les hacen leer a los chavales? ¿no os lo habéis preguntado nunca?), la escena es todo un ejemplo de bien hacer cinematográfico. A los que vayais a verla, y penséis que os habéis equivocado de sala ante la historia que se nos cuenta al principio, deciros que no es más que otra surrealista fábula judía, que ilustra perfectamente, como el abierto final, la frase que preside la película y esta entrada.



Una película muy entretenida, con personajes de curiosa filosofía dignos de recordar, y una acerada crítica a un modo de vida anquilosado en sus propias raíces. Muy recomendable.



domingo, 31 de enero de 2010

Up in the air. El vergonzoso arte de los trailers engañosos


Ocurre ya con demasiada frecuencia. Estás a punto de ver una película. Te colocan un trailer de un próximo estreno, e invariablemente le comentas a tu vecino de al lado “Esta tiene que estar bien, Hay que venir a verla”. A los que se dedican a compilar las mejores escenas de una película para hacer un trailer correcto, habría que darles una medalla. A los que engañan a conciencia, realizando un montaje equívoco, a veces incluso mejor que la propia película, habría que elevarles directamente al olimpo de los que se descojonan literalmente de la inteligencia de la humanidad, en el que ya se encuentran por méritos propios personajes como Tapies, Ferrán Adriá y otros muchos.
El maestro de maestros de este vergonzoso arte empezó siendo el individuo que se trabajó el trailer de “El imperio del sol”, del amigo Spielberg. Se dedicó concienzudamente a recopilar las cinco únicas escenas de la película en las que hay algo de acción. Nada más lejos de la realidad, en una película que, quitando esas escenas, no era más que un soberano tostón.
Algo así sucede con “Up in the air”. Ves el trailer, lees que es firme candidata a los oscars, y encima trabaja George Clooney. ¿Qué más se puede pedir?
La película no empieza mal. Consejos prácticos, que recuerdan a los de “El turista accidental”, y que les vendrán muy bien a todos aquellos que viajen en bussines durante más de trescientos días al año (no te digo...). Al comienzo, en los títulos de crédito, nos enteramos de que está basada en una novela de Walter Kirn titulada “En el aire”, así que la cosa promete.
Nada más lejos de la realidad. La película resulta ser un completo dislate, un fiasco concienzudo, desde el principio hasta el final. Dejando de lado la grotesca frivolización de un tema tan delicado como el de dejar a alguien sin empleo, las historias y los personajes se entrecruzan sin ningún sentido, sin llegar a ningún puerto. A George Clooney, cuya única y absurda meta consiste en acumular un desorbitado número de millas aéreas, le obligan a ejercer de padrino de Anna Kendricks, una incipiente ejecutivilla, a la que se le ha ocurrido la genial idea de despedir a la gente por videoconferencia, para abaratar costes. Al amigo George le parece una idea nefasta, no se sabe muy bien si porque en el fondo le conmueven las personas a las que deja sin empleo, o porque se le acaba el chollo de volar, que es lo único que le motiva. Así que apadrina a la niña, que viaja con él para aprender el oficio.
Al mismo tiempo, en una absurda escena en el colmo de la superficialidad, conoce a Vera Farmiga, una madura mujer que tiene casi tantas tarjetas de clubs exclusivos y millas aéreas como el amigo Clooney. Después de intercambiar cromos y hablar de chorradas, comienzan una tórrida aventura marcada por las esporádicas ocasiones en las que coinciden en alguna ciudad o aeropuerto.
Una vez expuestos los planteamientos, la película comienza a hacer aguas y a aburrir. La historia con la moderna y joven ejecutiva no conduce a ninguna parte. El romance (si es que se le puede llamar así) con la mujer madura choca frontalmente contra un muro cuando el bueno de Clooney descubre que se ha enamorado y corre a Chicago a buscarla, para encontrarse con que tiene marido e incluso hijos. Sin venir a cuento, el director nos mete en otro embrollo intrascendente, consistente en la boda de la hermana de Clooney. Todo ello, aderezado con los dramas personales de todos aquellos personajes a los que Clooney y su joven compañera envían a la puñetera calle sin que se les borre la sonrisa. ¿A qué viene todo esto?
En una absurda pirueta del director, hacia el final de la película aparecen varios personajes despedidos, que proclaman que no es duro perder el empleo si tienes a alguien al lado que te transmita calor por las mañanas. Tócate las narices. Resulta que el desgraciado es el amigo Clooney, que ha elegido no sólo vivir sólo, sino dar charlas sobre ello (¿a qué viene que este individuo pronuncie esas conferencias sobre lo de vaciar la mochila y todas esas chorradas? ¿qué sacan en conclusión los que acuden a ellas?)
¿Todo este bodrio está basado en una novela? Salgo del cine con la sensación de que acabo de asistir a un completo dislate. La estructura no parece sacada en absoluto de una novela. El propio director, Jasón Reitman, me da la clave al enigma en la entrevista que aparece en “Fotogramas”: “Vera Farmiga y Anna Kendrick no están en el libro, el despido de gente con videoconferencia tampoco, ni la boda ni los discursos sobre la mochila vacía”. Acabáramos. El bueno de Jason se ha inventado una historia en la que ha mezclado sin ningún miramiento varias historias incompatibles entre sí. Y además resulta que es el director también de “Gracias por fumar”, otro bodrio infumable, nunca mejor dicho, en el que salí del cine con la misma sensación que en esta ocasión.
Bajo mi punto de vista, Jason Reitman comete varios errores imperdonables. En primer lugar, elige a un actor como George Clooney, que, definitivamente, y que me perdonen los millones de mujeres que suspiran por sus huesos, sólo sabe interpretar a George Clooney. Sus personajes son irrelevantes cuando él los encarna. No transmite ninguna credibilidad, al contrario que Vera Farmiga, por poner un ejemplo. Parece colocarse muy por encima de los personajes a los que despide, como si existieran dos tipos de seres humanos, los mediocres, sufridores, feos y pobres, y George Clooney y la fauna VIP de la que se rodea. En segundo lugar, se permite el lujo de desperdiciar, sin ningún miramiento, a dos actorazos como son Sam Elliot (el comandante de vuelo que le entrega la madre de todas las tarjetas) y J.K. Simmons (uno de los despedidos por Clooney y su compañera). En tercer lugar, trata de arreglar al final de una forma absurda pretendidamente sentimentaloide lo que se ha encargado de predicar a lo largo de toda la película (bienaventurados los parados, porque no están solos)
Tuve un único momento de sonrisa, cuando el bueno de Danny Mcbride (en el que me he fijado desde el magnífico personaje que encarna en “Tropic Thunder” le resume a Clooney, en menos de un minuto, las razones por las que se niega a casarse con su hermana. El resto de la película, no es más que pura mediocridad.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Avatar



He leido en alguna revista que James Cameron esperó a que la tecnología de los efectos especiales avanzara lo suficiente como para permitirle contar la historia de Pandora tal y como él quería, y que se dio cuenta de que esa tecnología ya había avanzado lo suficiente cuando vio a nuestro amigo Gollum, en la trilogía de "El señor de los anillos" firmada por el señor Peter Jackson. Tengo que declarar solemnemente que ha merecido la pena la espera.
¿Porqué nos gusta el cine a los que nos gusta? Creo que no sería capaz de encontrar una razón, pero os aseguro que a veces me pongo a vibrar cuando se acaban las luces y aparece el logo de la Paramount, de la MGM, de Pathé o de José Frade en la pantalla. Es una sensación muy difícil de explicar, que surgió probablemente en la primera infancia y que no me ha abandonado desde entonces. He visto mucho, muchísimo cine. He leido críticas y opiniones sobre Avatar en esta página de personas que también han visto mucho cine, y que al parecer no han disfrutado con la película.
Yo he disfrutado con Avatar, os lo aseguro. Probablemente la afición al cine consista en dejarse sorprender de vez en cuando por películas como esta, y no cerrarse en banda refugiándose en los grandes clásicos, muy dignos también, por supuesto.
Algunos dicen que el guión es simple. ¿Qué tiene que ver? Se nombra a "Bailando con lobos", sin tener en cuenta que esa película ya era clavadita a "Un hombre llamado caballo", clavadita a su vez a otras muchas. ¿Qué tiene que ver un sólo aspecto de una producción con el disfrute que proporciona el conjunto? Uno de los críticos a los que no le ha gustado la película esgrime una razón absurda para tratar de justificar lo injustificable. Dice que el amor necesita unos precedentes, conocer los antecedentes, etc. ¿Desde cuando, amigo mío? ¿Buscarías antecedentes en el amor que surge con fuerza incontenible en películas como "Herida", "Love story" o "El cartero llama dos veces"? Por favor, no saquemos los pies del tiesto.
Avatar es puro espectáculo. Hasta ese crítico reconoce que el mejor momento de la película bajo su opinión es cuando el soldado despierta como avatar y, simplemente, descubre de repente que tiene piernas, y que puede hacer virguerías con ellas. Existe un trasfondo entre el avatar y el personaje real, que disfruta más en Pandora que en su militarizado mundo real. Es sorprendente la cantidad de matices que podemos descubrir si excarbamos un poco en el guión.
Puede ser una historia ya contada, no lo niego, pero disfrutemos de las variantes, de los matices, de las miradas, de los seres de Pandora, de esas increíbles islas flotantes que provocan la admiración de los que las contemplan, de ese curioso pueblo de seres azules hermanados con la madre tierra. Recuperemos esa capacidad de disfrutar del puro espectáculo, porque de otro modo nos convertiremos en espectadores pejigueros. He leido en una de las opiniones que como puede ser posible que a un helicóptero de última generación se le rompa el cristal con una simple flecha. Por favor, no nos la cojamos con papel de fumar. ¿Quien es capaz de asegurar que las flechas de los habitantes de Pandora son simples? ¿No podrían estar fabricadas de una aleación desconocida en la Tierra? Dejemos volar la imaginación, y disfrutemos del espectáculo. Yo me pasé toda la película vibrando, disfrutando de los efectos digitales, de la música, de todo.
Con películas como Avatar se demuestra que el cine nunca morirá, que es lo que nos interesa a los que disfrutamos del cine.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Anticristo, de Lars Von Trier


Definitivamente, a este buen hombre se le ha ido completamente la olla. Es una lástima, pero desde su atalaya de director de culto, cada vez se muestra más aburrido, más insufrible, más pretendidamente trasgresor, cuando lo cierto es que aburre hasta a las ovejas.
Partiendo de una escena en apariencia dura, la muerte de un niño que se mata al caer desde una ventana mientras sus padres hacen el amor, el amigo Lars pergueña un infumable recorrido por la zona más castigada de la mente humana. Digo que la primera escena es en apariencia dura, porque la innegable tragedia que supone la muerte de un niño, algo que difícilmente soy capaz de soportar en el cine, se convierte en parodia bajo el filtro absurdo del delirante director. No viene a cuento en absoluto la cámara lenta, ni la suave y melosa música clásica elegida. En su deseo de epatar a ultranza, único motor de un director que empezó con fuerza y se ha ido desinflando con los años, lo único que consigue Lars Von Trier es desbarrar, hasta el punto de que sus personajes nos resulten falsos, fríos, absurdos y egocéntricos, fieles reflejos probablemente de la personalidad de su creador.
Pesadez, somnolencia, aburrimiento, sopor... Esas son las sensaciones que tuve con “Anticristo”. Personajes feos, entornos feos, paisajes feos, decadencia, depresión, asco a veces (en una ocasión concreta, hacia el final) y una continua sensación de estar perdiendo el tiempo miserablemente. Ese fue el resultado. Había escuchado reseñas en la radio, y leído críticas en revistas especializadas. “La nueva y perturbadora película del siempre polémico Lars Von Trier, con fuertes escenas entre las que destaca una eyaculación de sangre y el corte con tijeras de un clítoris”. No os dejéis engañar, amigos. No merece la pena. Si lo que buscaba Lars era escandalizar, podía haber grabado directamente las dos escenas mencionadas en un corto de apenas un minuto, porque ciertamente es lo único reseñable que tiene la película. Nada más. El resto es pura bazofia. Y tampoco escandaliza mucho, a estas alturas, que alguien eyacule sangre después de que le hayan golpeado salvajemente sus partes con un trozo de madera. Porque esa es la razón, no elucubréis con el pretendido sadismo que algunos han esgrimido como razón de ser de la película. A la mujer de Willem Dafoe se le va la olla, probablemente en la misma medida en que se le ha ido al director, y golpea a su marido con un trozo de madera, antes de atravesarle la pierna con el eje de una rueda de afilar mientras está inconsciente.
No hay transición, ni razón de ser, ni trayectoria mental alguna, ¿para qué, si es el divino Lars quien dirige? Me imagino a Lars diciéndole a su guionista, o a su productor, o a quien narices sea “oye, tú, que ya han pasado cuatro capítulos de película, y todavía no hemos epatado”. “Es verdad -responde el aludido-. Vamos a hacer que a la chica se le crucen los cables de repente”. Y así sucede, hasta el punto de que la buena mujer coge unas tijeras enormes, convenientemente oxidadas, y se rebana el clítoris ante nuestros ojos, que con un poco de suerte estaban abiertos todavía ante el infumable espectáculo. ¿A cuento de qué viene semejante despropósito? Bueeeeno... parece ser que la mujer vio que el niño se iba a caer de la ventana, y no hizo nada, probablemente obnubilada ante las artes amatorias del siempre fascinante William Defoe.
Al amigo Lars se le ve el plumero. Bebe de aquí y de allí, con la intención siempre de escanadalizar. Mata a los niños sin ningún pudor (ya lo hizo en “Dogville”, otra ocasión en la que no me importó nada), utiliza a actores mediocres (en mi vida me había tropezado con una mujer tan gris como Charlotte Gainsbourgh), cuyo único mérito es el de haber participado en alguna ocasión en alguna película polémica (me refiero a “la ültima tentación de Cristo”), se sirve de escenas de otros géneros que se cachondean de sí mismos, como el gore (género que se puede considerar respetable por esa razón), tratando de revestirlo, en su caso, de sesuda introspección a la mente humana, titula su gran parida de una forma que haga ponerse alerta a los de siempre (¿A cuento de qué, “Anticristo?)... Una serie de despropósitos, en definitiva, del que se considera a sí mismo el mejor director del mundo, como ya ha proclamado en alguna ocasión sin ningún pudor.
Signos. Signos extraños, siempre, para buscar ese poso enigmático e intelectualoide que epata en las pantallas de festivales tan pretenciosos como el de Cannes... Estoy harto de tanta imbecilidad, os lo aseguro. Me duele que, después de perpetrar una parida de ese calado, este paladín del modernismo se permita el lujo de posar, sonriente y vestido de smoking, de pie en la alfombra roja. El pase de su delirio, fruto sin duda de una indigestión de patatas (sin saber muy bien la razón, me imagino a Lars Von Trier como un comedor compulsivo de patatas cocidas), provocó en el festival aplausos encendidos y abucheos incontrolados. Precisamente lo que eleva a la quinta potencia el egocentrismo de este buen hombre. Hay que estar a su lado o contra él, pero siempre de una manera encendida. Eso es lo que le gusta.
Siento una pena enorme y un gran dolor al confesar que lo único que provocó “Anticristo” en mi estado de ánimo, fue una profunda e inevitable somnolencia

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina


Cuando salió la primera entrega, en libro, no me podía creer que una simple trama policíaca con distorsionadas pinceladas de tinte político pudiera ocupar más de quinientas páginas. En esas estaba, valorando la posibilidad o no de leerla (no soporto los ladrillos, lo siento), cuando salió la segunda entrega, tan densa o más que la primera. Fue entonces cuando tomé la decisión, no sé si equivocada o no, de no leerla. Al recabar opiniones al respecto, estas variaban de un extremo a otro. Sin término medio. Unos se entusiasmaban con las aventuras de Lisbeth Salander, y otros la odiaban hasta la muerte. Curiosamente, a la gente que solía leer mucho, le parecía una novela policíaca más,incluso algo insulsa. A los que solían leer poco, les entusiasmaba. Nada del otro mundo, y nada que me decidiera por fin a coger el ladrillo y tragármelo. Así que lo dejé, esperando la inevitable película.
Vi “Los hombres que no amaban a las mujeres”, y me gustó. No me preguntéis porqué, pero me gustó. Soy consciente de que los suecos han descubierto que hay algo más allá de Bergman, pero es que eso es algo que sabemos los demás mortales desde tiempo inmemorial. La trama recuerda muchas situaciones ya vistas, desde “Tesis” (inevitable pensar en la película de Amenabar en las escenas finales) hasta “Odessa”, pasando por “el silencio de los corderos” y otras muchas. ¿Qué fue lo que me gustó entonces, hasta el punto de empujarme a ver la segunda parte, “la chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”? No fui capaz de definirlo en aquella ocasión.
A los pocos días de ver la segunda parte, cayó en mis manos la revista que el Corte Inglés dedica a los lanzamientos en DVD, Devídeo. Concretamente, el número de Noviembre. Confieso que me sentí atraído por la portada, en la que aparecía Lisbeth Salander embutida en su sudadera, con la capucha puesta. No me negaréis que es muy posible que no exista algo tan insustancial y superficial como una revista dedicada a promocionar un producto, como es el caso. Pues bien, amigos, en el interior de ese panfleto, se encontraba la clave al porqué de mi atracción hacia la saga Millennium. Resulta a veces positiva esa voracidad que tenemos algunos por leer hasta los prospectos de las medicinas. A veces te encuentras joyas en los lugares más inesperados.
Resulta que Noomi Rapace, la actriz que encarna a la heroína de Millennium, es de padre español (ya me extrañaba a mí un pelo tan moreno), y en la entrevista que aparece en Devideo, se explaya a gusto, a costa de la Suecia que describen tanto Larsson como Henning Mankell en sus novelas. Noomi nos viene a decir que debajo de la imagen confortable, maravillosa y feliz que se suele tener de Suecia, existe otra Suecia en la que la gente no está acostumbrada a decir lo que piensa, y eso crea conflictos, según Noomi. Vivir en conflicto crea pequeñas bombas de relojería que pueden estallar en cualquier momento. La gente no discute en la calle, las familias no se dicen las verdades a la cara... En Suecia hay leyes para la igualdad entre hombre y mujer, pero también hay machismo, racismo, violencia, mujeres maltratadas, violaciones... Lo que ocurre es que de eso no se habla, y por lo tanto, no existe. Después se explaya diciendo que en la zona mediterránea se lleva mejor este asunto con la gente gritando por la calle y las familias diciéndose las verdades a la cara cada dos por tres. Algo con lo que tampoco estoy muy de acuerdo, pero bueno. No creo que sean positivas ni tanta frialdad, ni tanta sangre caliente.
Así de contundente me marcó la buena de Noomi Rapace la razón por la que me habían gustado las dos entregas de “Millennium”. Esa es la clave. En las dos películas se destila un ambiente de frialdad en los personajes, incluso en la pareja protagonista, que pone los pelos de punta. Frialdad de carácter, unida a un frío físico alimentado por la nieve, la lluvia y la oscuridad que presiden casi todas las escenas.
De la primera parte me fascinó también ese pasado nazi que ni remotamente había supuesto yo que tuviera Suecia. Se habla siempre de Polonia, de Francia, de Rusia, de Austria, pero ¿alguno de vosotros había sospechado siquiera que también hubo nazis en Suecia? De Suecia conocíamos las rubias espectaculares, el premio Nobel, y para de contar. Ese es el gran atractivo, al menos según mi criterio, de la trilogía de Larsson. Nos muestra Suecia, en resumen, un país del que apenas tenemos conocimiento, desde una perspectiva que urga en las miserias de una sociedad aparentemente acomodada, que guarda en su seno sin embargo innumerables fantasmas.
La segunda parte es tan válida o incluso más que la primera. En ella no existe un caso concreto que resolver. Se centra casi exclusivamente en el personaje de Lisbeth, que vuelve a Estocolmo después de haberse gastado una verdadera fortuna en el extranjero. Por diversos avatares del destino que no vienen al caso (nunca me han gustado las casualidades), su padre, al que de niña roció con un bidón de gasolina y le prendió fuego porque había golpeado a su madre (no creo que a estas alturas revele algo que no debería ser revelado), está implicado en una trama de compraventa de mujeres, en la que casualmente está implicado también el tutor de Lisbeth, ese abogado sádico y enfermo, vestido de gentleman, que aparece también en la primera parte.
No voy a contar ni la trama ni el desenlace, pero sí lo que más me impresionó de toda la película. Resulta escalofriante hasta decir basta, por su frialdad, su crueldad, su desarrollo y su desenlace, el encuentro de Lisbeth con su padre y con su “hermanito”, un gigante descerebrado de pelo blanco, que tiene una enfermedad llamada “analgesia congénita”, o algo así, que le impide sentir el más mínimo dolor, aunque le apliquen una descarga eléctrica de alto voltaje en los mismos testículos. Es espeluznante la relación familiar de estos tres angelitos. Sólo por esas escenas, merece la pena ver la película entera.
Una buena película, en definitiva, que nos hace pensar que el cine sueco está despertando de su letargo habitual.

sábado, 16 de mayo de 2009

Angeles y demonios


Si algo hay que agradecerle a la última adaptación al cine de una novela de Dan Brown, "Angeles y demonios", dirigida por Ron Howard y protagonizada por un semi-congelado Tom Hanks (nada que ver con el encantador protagonista de "La terminal", por poner un ejemplo), es que se ha cambiado completamente el surrealista e inafantiloide final del libro, en el que aparecía el camarlengo dando saltos absurdos de un lado a otro del Vaticano, y el bueno de Langdon salvándose de una muerte segura planeando agarrado a una chapa del helicóptero que coge con el camarlengo. Y eso es lo único que hay que agradecerle, porque todo lo demás es pura pretensión de gran película sin ningún fundamento.


Que Dan Brown es un pésimo escritor quedó ya demostrado en "El código Da Vinci", otra ocasión en la que la película eliminó o cambió algunos aspectos del libro que resultaban absurdos. En esta ocasión, la película se basa en un libro que se escribió con anterioridad, y que, por tanto, está todavía peor escrito si cabe. Estamos ante una de esas raras ocasiones en las que la película supera al libro, si bien no deja de ser una aventurilla más o menos entretenida, y nada más que eso. Existen miles de películas del mismo corte tanto o más dignas que la que nos ocupa. Toda la saga de "La búsqueda", por ejemplo, o las del bueno de Bourne, sin ir más lejos, disponen de más elementos que "Angeles y demonios" para entretener al espectador. Los personajes son planos, sin fondo, sin matices, o muy buenos o muy malos, como acostumbra a mostrar Brown en todo lo que hace. Basar el atractivo de una película en la supuesta diferencia lingüística de sus protagonistas, resulta cuando menos absurdo. El único que habla un castellano perfecto es Langdon, si bien lo que dice la mayoría de las veces carece de interés. Más interesado en mostrar cada dos minutos su ambigüedad ante la iglesia, el supuesto detective triunfa, y se toma la correspondiente taza de café del final con la guapa protagonista (que se parece incluso a la Tatou del código), después de haber evitado la muerte de uno solo de los cuatro cardenales secuestrados por el psicópata de turno. Todo un éxito, vaya.


A los que conocemos Roma nos resultaba muy complicado entender que los trayectos que se realizaban en la película tardaran tanto en realizarse, sobre todo si tenemos en cuenta que la cruz que se marca en el mapa abarca una zona no más grande que el barrio de Salamanca, y que dichos trayectos se realizan con toda la parafernalia de coches de policía, sirenas y todos esos elementos que hacen que el psicópata de turno sepa en todo momento por dónde andan sus perseguidores. Se hace insufrible la escena de la Plaza Nabona, cuando en un supremo esfuerzo, el bueno de la peli salva de ahogarse al último cardenal. Os juro que ni los romanos son tan lentos en reaccionar, ni la fuente es tan profunda como aparece en la película.


El secreto del éxito de las bazofias de este hombre consiste en meterse de cabeza en instituciones de las que se consideran, cuando menos, delicadas. El Vaticano, por ejemplo. Se mueve por él con la misma soltura que nosotros por la puerta del sol. Resulta curioso observar a la manada de ovejas esperando en la Plaza de San Pedro, durante Dios sabe cuanto tiempo (en teoría un día, pero muy largo, a juzgar por las fumatas que se producen), mientras unos cuantos cerebros mundiales, que hablan como si fueran rusos, recorren la ciudad de un lado a otro exponiendo eruditas teorías y llegando siempre tarde a los sitios.


Resulta increíble, y eso ocurre también en el libro, que el malo de la película sea precisamente el que dé las pautas para localizar la correspondiente bomba, compuesta en esta ocasión de antimateria, y el que levante la lápida del papa para comprobar que ha sido asesinado. !!Pero cacho imbécil, si lo has matado tú, cállate, coño, no te descubras!!. Resulta también un recurso mediocre intentar confundir al espectador haciendo aparecer al jefe de la guardia suiza como el líder de los Illuminati (!!pobre Stellan Skasgard!!. Con lo agusto que estaba con su amigo Lars Von Trier...).


Una película mediocre, que producirá su cierta dosis de polémica por meterse supuestamente con algunos aspectos de la iglesia, y que en muchas de sus escenas recuerda a "Las sandalias del pescador", sobre todo en las intervenciones de los periodistas que emiten para sus televisiones los acontecimientos, y en todas las escenas referidas al cónclave de los cardenales. Una película menor, entretenida, pero nada más, y que en cualquier caso, no nos aporta nada nuevo.


En serio, si habéis leído el libro, no merece la pena que veáis la película, y si no lo habéis hecho, tampoco. Hay otros muchos títulos más interesantes, os lo aseguro.