sábado, 13 de octubre de 2012

Lo imposible

Juan Antonio Bayona nos sumerge sin concesiones en un acontecimiento que podría calificarse de milagroso, el del reencuentro de los cinco miembros de una familia española que sobrevivió al tsunami que arrasó parte de las costas de Tailandia en 2004. Un acontecimiento feliz encuadrado en una tragedia de dimensiones apocalípticas, en la que perdieron la vida cerca de un cuarto de millón de seres humanos.
La primera parte es espectacular. Bayona juega perfectamente con los sonidos, con las sensaciones, con los signos que preceden a la brutalidad del tsunami, magistralmente recreado. El espectador se siente parte integrante del terror provocado por el agua. La naturaleza desatada, que convierte al ser humano, con todo su poder, con toda su inteligencia, en nada, en un simple objeto tan maltratado como una rama de árbol, un coche o un puñado de cristales rotos, impresiona por su devastador poder. Desazona lo poco que se puede hacer, lo absolutamente nada que se puede hacer, salvo confiar en la suerte, en unas circunstancias como esas. Creo que hacía mucho tiempo que no se producía en la sala un silencio tan sobrecogedor como el que viví ayer. Todos éramos conscientes, y así nos lo ha enseñado Bayona, de que no somos más que peones en las manos del destino. Impone una fuerte congoja la imagen de Naomí Watss rendida frente al cristal, en cuclillas, con la hoja de papel pegada al mismo, esperando la tragedia. Nada puede hacer, y lo sabe, salvo esperar.
La segunda parte nos cuenta el duro camino de la supervivencia. El sufrimiento que conlleva la gran suerte de haber sobrevivido, aunque suene a paradoja. Te duele el cuerpo cuando ves a la madre y al hijo caminando entre cañas, en un paisaje devastado, sangrando, gritando de dolor. Bayona no se permite ni una sola concesión. Su gran acierto, bajo mi punto de vista, consiste en mostrar el dolor en toda su crudeza. No se trata de dos héroes al estilo de Hollywood, sino de una madre y su hijo cercanos, reales, sobrecogidos, aterrorizados. Me encantó que el director jugara con los primeros planos, con sugerencias, con las caricias que un niño al que encuentran y salvan, aterrorizado, le da a su nueva madre. Primeros planos largos increíbles, como el de la cara del nativo que arrastra a la madre por el lodazal para llevarla al hospital. Ella le mira a la cara, durante todo el camino. Es consciente de que esa persona le está salvando la vida. Pienso que esa mujer, la real, jamás olvidaría la cara de ese hombre.
Bayona se centra en el drama familiar, en el reencuentro, en la peripecia vital al extremo que sufren todos ellos, desde María y Lucas (increíble actor el pequeño Tom Holland), madre e hijo mayor, hasta el padre, Henry (¿Será posible que JAMÁS he visto una película de Ewan McGregor que no me guste?) y los dos hijos pequeños, Simon y Thomas. Todos han quedado tocados, aterrados ante el baile con la muerte, pero han sobrevivido, han disfrutado de ese privilegio. Con miradas laterales, retazos del horror, somos conscientes de lo que ha sucedido. Miles de cadáveres toscamente envueltos en sábanas, gente que llora ante las listas expuestas en los tablones de anuncios, médicos y enfermeras desbordados ante tanto horror. Bayona parece querer hacernos saber constantemente que la familia española conforma la única pieza optimista, el único retazo de luz en medio de tanta oscuridad.
La historia desgarra el corazón. Los silencios provocados por el terror, conmueven. El derrumbamiento de la madre cuando comprueba que todos sus seres queridos están vivos, hace llorar, como otras muchas escenas, como los encuentros, quizá un poco forzados y abusando un poco del suspense de las casualidades, entre el padre y los hijos. También hace llorar la escena del encuentro en el hospital entre un padre sueco y su hijo, propiciado por un gigante, Lucas, que descubre la tremenda grandeza de su madre a través de todo el metraje. Son lágrimas fáciles, buscadas, conseguidas con los recursos habituales, con la música de fondo, naturales, gracias a escenas efectivas que las provocan. Es sencillo llorar ante ese tipo de escenas.
Lo que nunca, lo que jamás me hubiera imaginado, es llorar como lo hice ayer, primero al verla, después al recordarla, y ahora al contárosla, ante una magistral, una soberbia escena con un simple teléfono móvil como protagonista principal.
Una digna, muy digna producción española. Bayona comenta en una entrevista en la red que parece mentira que infrautilicemos unas instalaciones, como las de la Ciudad de la Luz en Alicante, en donde se rodó parte de la película, que son superiores a muchos estudios de Hollywood. Cuando se utilicen las instalaciones, el presupuesto, o el talento de un director como Bayona, para rodar auténticas joyas como “Lo imposible”, bienvenido sea todo.
Hay que verla. Y en este caso, además, hay que verla en el cine. En la pantalla pequeña perderá muchísima fuerza. Tomar conciencia de vez en cuando de nuestra dimensión como seres humanos, de nuestra grandeza y de nuestra insignificancia caminando juntas de la mano, nos abre la mente, nos hace más humanos.

martes, 3 de abril de 2012

Intocable

¿Cuál es el mecanismo mental que hace que una película como “Intocable” nos toque la fibra de la forma en que lo hace? Una película francesa, sin estridencias, sin efectos, sin esos melodramas exagerados o ese maniqueísmo que tienen los personajes de las escasas películas americanas que intentan acercarse a ese tipo de cine. ¿Qué es lo que nos llega, lo que nos cautiva, lo que nos hace disfrutar de un título como “Intocable”?.

Algún iluminado ha colocado en el cartel de la película que es una mezcla entre “El discurso del rey” y “Paseando a Miss Daisy”. Nada más lejos de la realidad. “Intocable” es mucho más cercana a nosotros, a nuestro carácter, a nuestra naturaleza, que esos dos títulos. En todo caso, podría ser comparable a “La vida de los otros”, “El concierto” o, si me apuráis para buscar alguna semejanza con cine del otro lado del charco, a “Precious”, por lo que supone de afán de superación.

Vuelvo a la pregunta inicial. ¿Por qué nos cautiva ese tipo de cine, ese guión a la vez simple y complicado, esos personajes contrapuestos y cercanos al mismo tiempo? Creo que la clave se nos enseña ya desde el mismo inicio de la película, un inicio magistral, perfecto. Tras la maravillosa escena de la policía escoltando al coche en el que viajan Philippe y Driss, con la música de Earth, Wind and Fire sonando a todo trapo, comienza una escena que para mi gusto constituye el gran acierto de la película, la razón de ser de toda ella, de esa amistad que se forjó entre un adinerado tetrapléjico y un habitante del extrarradio parisino.

Varios aspirantes esperan para ser contratados como ayudantes de Philippe. Todos ellos son expertos en tratar con enfermos de minusvalía. Algunos exhiben títulos de cuidadores expendidos por prestigiosas universidades e instituciones relevantes en ese campo. Todos ellos proclaman su compromiso con los minusválidos, su deseo de integrarles en una sociedad que les rechaza, que les rehuye… Todos ellos muestran un rasgo que les sale del alma a la mayoría de las personas: la compasión.

Hasta que hace su aparición Driss, el negro procedente de Senegal.

¿Qué hace este hombre al ver a Philippe? ¿se apiada de él? ¿exhibe la cara de circunstancias que han puesto todos sus predecesores? No, no hace nada de eso, y esa creo que es precisamente la clave de todo, la razón por la que Philippe le adopta de inmediato como cuidador. Driss entra simplemente en el despacho, se dirige a la mesa, y deja sobre ella el papel del paro para que se lo sellen. Es lo único que le importa. Mira a Philippe, pero no ve al minusválido que ven todos los demás. Philippe le mira a él, pero no ve al negro aparentemente conflictivo y delincuente que ven todos los demás. No, no ven las “taras” del otro, no ven sus defectos, no ven esas etiquetas que la sociedad, que no dejamos de ser nosotros mismos, gusta de colocar en cada persona. Fuera prejuicios, fuera patrones, fuera clichés sin sentido y limitadores del espíritu. Tanto Philippe como Driss ven al otro simplemente como un ser humano, y esa, amigos, esa es la magia que transmite “Intocable”, por encima de cualquier otra. Esa magia que se produce cuando vemos personas en lugar de cargos, vestiduras o cáscaras, independientemente de lo que uno tenga o deje de tener. Lo que a mis ojos hace grandes a Philippe y a Driss no es su capacidad de conexión, que les ha llevado a mantener en la vida real una amistad muy por encima del tiempo y los convencionalismos sociales, sino esa facultad, que tienen solo unos pocos, de ver personas, sólo personas, con sus defectos, con sus miserias, con sus alegrías y sus tristezas, con sus momentos malos y buenos, pero siempre personas.

Tras estos dos momentos mágicos, el de la escolta policial y el de la contratación de Driss, la película transcurre por derroteros humorísticos a veces, entrañables otras y duros las menos, pero siempre interesantes. La soberbia banda sonora mezcla las piezas clásicas que le encantan a Philippe, con el sonido disco que convierte a Driss en un bailarín de lujo. Asistimos al cuidado de Philippe viéndole como un ser humano a través de los ojos de Driss, no como un minusválido. Ese es el mayor acierto de la película, la gran lección que todos deberíamos aprender. Con un plantel de excelentes secundarios que poco a poco dejan conquistar su corazón por las maneras de Driss, a veces duras pero siempre efectivas, nos vamos empapando de la filosofía de dos personas aparentemente antagónicas y sin embargo idénticas a la hora de valorar y manifestar los sentimientos.

Y el final… No puedo escribir sobre el final sin sentir la emoción que sentí al verlo. Impresionante, redondo, entrañable, que confirma a Philippe y a Driss como los dos grandes seres que hemos tenido la suerte de conocer. Un final de esos que te sacan la lágrima fácil, con el peligro que conlleva no conseguir secarla antes de que se enciendan las luces, como así sucedió en mi caso.

Una gran película, que todo el mundo debería ver. Uno de esos títulos que nos hacen mejorar un poco, plantearnos algunas dudas sobre nuestra naturaleza como seres humanos. No podéis dejar de verla, os encantará.
















viernes, 3 de febrero de 2012

Silencio en la nieve

Reconozco que he ido a ver “Silencio en la nieve”, la última película de Gerardo Herrero, impulsado por varios prejuicios positivos que se anteponen al soberbio prejuicio negativo de que se trata de una película española. No puedo evitar acudir a una película en la que participe Carmelo Gómez, para mi gusto, siempre con el permiso de “El brujo”, por supuesto (el más grande entre los grandes, pero hace poco cine el hombre), el segundo mejor actor español. Tampoco pude evitar que el título despertara mi interés cuando supe que la trama se desarrollaba en medio de la División azul, un episodio de nuestra historia injustamente denostado por todo el mundo, primero e históricamente por el mismísimo Franco, al que no le interesaba darle demasiada publicidad al movimiento para que sus nuevos aliados americanos se olvidaran de que había intentado ayudar a su buen amigo Hitler, y después por los demás, en parte porque el grueso de aquel contingente estaba compuesto en su mayor parte de falangistas, aunque en realidad había de todo, y si no, que se lo pregunten al amigo Berlanga y al magnífico Luis Ciges.
Partiendo de esas dos premisas acudo al cine, en un día de frío polar, a ver una película que se desarrolla íntegramente en la estepa rusa de la Segunda Guerra Mundial. Tras un pequeño título explicativo de lo que supuso la División Azul, surge la primera escena como un mazazo estético de esos que se convierten por méritos propios en una de esas imágenes que se fijan en la memoria del espectador para toda la vida. El bosque, porque no se me ocurre llamarlo de otra manera, de caballos congelados en una laguna, con medio cuerpo fuera, las patas al aire y las cabezas ladeadas en una extraña mueca de la muerte, resulta ciertamente estremecedor. Cuando los personajes interpretados por Carmelo Gómez y Juan Diego Botto se acercan a contemplar el panorama, aparece, también incrustado en el hielo, el primer cadáver, el de un hombre al que le han grabado con un cuchillo en el pecho las palabras “mira que te mira Dios”. Con semejante premisa comienza uno de esos títulos españoles que merece la pena rescatar, que merece la pena salvar de ese injusto olvido al que seguramente le habrán condenado ya los propios miembros de la academia por no ser de ninguno de los amiguetes. Un título que nada tiene que envidiar a otros títulos semejantes producidos por Hollywood posiblemente con muchos más medios, pero desde luego con similar o incluso inferior profesionalidad.
“Silencio en la nieve” bebe de un título que me impactó hace muchos años, “La noche de los generales”, protagonizada por Omar Shariff y el soberbio Peter O´Toole. La trama se desarrollaba prácticamente de la misma manera. Un oficial alemán, Omar Shariff, investigaba los sangrientos crímenes que se estaban cometiendo contra prostitutas en un escenario de guerra similar al reflejado en “Silencio en la nieve”. Recuerdo perfectamente que una de las actitudes que más me impactaron de aquella película fue precisamente la del oficial investigador, que siendo alemán, parecía no estar de acuerdo con las atrocidades cometidas por sus paisanos. Juan Diego Botto bebe de esa moral. No se pronuncia nunca, pero no comparte tampoco el fanatismo en un sentido o en otro de sus correligionarios. La única vez que toma partido se produce en una de las escenas mejor logradas de la cinta, que refleja perfectamente el choque brutal entre la posiblemente desordenada pero humana mentalidad de aquellos españoles, y la mecanizada y descerebrada crueldad gratuita de los alemanes. Ese es uno de los aspectos que despertaron para siempre esa especie de fascinación mía por la División Azul, ese respeto a unos españoles a los que no se les había perdido nada en aquel conflicto, que partieron probablemente con ganas de comerse el mundo y se encontraron con el pueblo ruso, esa “Bicha” comunista con pezuñas en los pies y rabo de diablo, que resultó que era un pueblo digno, sensible, más parecido al español que los aliados alemanes. Muchos de los integraron aquel grupo de idealistas llegaron a confraternizar con las “panienkas”, las mujeres rusas, hasta el punto de no volver a España. La película refleja esa situación, tanto en la aventura amorosa que vive el protagonista, como en el arranque de nobleza que empuja al grupo de falangistas a enfrentarse a un descerebrado soldado alemán que no sabe hacer otra cosa que sacar a relucir su crueldad en cuanto se le deja hacer. Resulta curiosa la forma que tiene el director, Gerardo Herrero, de hacer que un grupo de falangistas se nos hagan simpáticos.
De alguna manera, uno de los grandes aciertos de la película es precisamente desdramatizar, no tomar partido por unos u otros, no sumergirse en el fanatismo de un lado ni en el contrario, algo que desde luego es de agradecer y que consigue que de esta película no se pueda decir aquello de “otra película más de la Guerra”, porque no es así. Se trata de un thriller digno, perfectamente ambientado en un paisaje de guerra, con un magnífico vestuario y unos campamentos militares y cuarteles que se van desmoronando a medida que avanza la acción. La muerte está rodeando continuamente a los protagonistas. Juan Diego Botto es un expolicía investigando un crimen, pero también es un soldado que comparte con sus compañeros el estrecho espacio de un camión alrededor del que caen bombazos de mortero mientras avanza por la estepa (soberbia escena, por cierto, en la que el copiloto del camión consigue que los asustados soldados arranquen a cantar para animarse y tratar de acallar el sonido de la muerte).
Y Carmelo Gómez… Bueno, me costará olvidar esa infame pelliza con piel de borrego que casi se podía oler desde la butaca. Carmelo es el doctor Watson de Juan Diego. Mantienen una especie de conexión tácita. Ninguno habla de su pasado, ninguno nos revela las circunstancias que le han llevado hasta ese infierno. No nos importa. Es lo de menos. “Todo el mundo tiene un pasado”, dice sabiamente nuestro amigo.
Una cinta magnífica, digna de ver, injustamente devaluada por una promoción cinematográfica que se retroalimenta a sí misma de delirios almodovarianos y absurdeces pretenciosas y frikis. Un título digno, bien hecho, que merece la pena ver. La estrenaron la semana pasada, y ya está en las últimas sesiones. En la sala en que la he visto éramos siete u ocho personas. Que al menos los que lean este blog transmitan a su vez que merece la pena verla. No os defraudará, os lo aseguro. Por cierto, no os perdáis los títulos del final. Las fotografías y la música sin tan impactantes como el magnífico comienzo.

miércoles, 4 de enero de 2012

¿Por qué se frotan las patitas?

Otra de esas películas que empiezas a ver sin ganas, y que a medida que transcurre te cambia la vida. Cine español sin pretensiones, fácil de ver, ameno, sin resquemores antiguos ni tocamiento de narices a una u otra España. Cine español bien hecho, con humildad, que no busca ni los óscars ni los Goyas de turno, sin los vicios ni los traumas de Almodóvar y otros muchos que babean a su sombra y con su estilo. Una película coral que se inspira sin duda en las aclamadas “Al otro lado de la cama” y su secuela, es decir, historias entremezcladas con números musicales, en el caso que nos ocupa de gran calidad.
“¿Por qué se frotan las patitas?” merece verse por todo. Por su música, con esos éxitos de siempre pasados por el tamiz de un flamenco elegante y bien llevado, moderno y sugerente, sin estridencias. Por sus actores, grandes genios de la interpretación, como la inconmesurable Lola Herrera, por supuesto, pero también actores que no por semi dsconocidos no dejan de ser grandes, muy grandes, como Antonio Dechent, el inolvidable compañero malage de “Smooking Room”, al que ni Pablo Carbonell logró humillar con el infumable papel que le dio en “Atún y chocolate”, el incipiente Raúl Arévalo, un consolidado actor cuyo papel en “Gordos” me encantó, o el gran Manuel Morón, un hombre que no se prodiga demasiado en el cine español pero que posee un número ilimitado de registros, desde la siniestra personalidad que dibuja en “El bola”, hasta el torpe e inclasificable detective, de nombre “Manolete”, que interpreta en esta ocasión. Sus escarceos con Rosario, interpretada por otra actriz a tener en cuenta, Ana Wagener, nos arrancan la sonrisa cada vez que se producen.
También tiene un destacado papel Marisol Membrillo, que hace de Rocío, una de las tres mujeres (la esposa), junto a Lola Herrera (la madre) y Julia García (la hija) que abandonan a Antonio Dechent el mismo día. Rocío, que se escapa a un centro budista, le suelta a uno de los monjes, que la escucha presa del nerviosismo, que ella quiere “relajarse en su entorno, no en el monasterio”. Eso os podrá dar una idea de la naturaleza de la película, que puede considerarse como una película coral, una road movie, un drama o una comedia, todo ello en el mismo paquete y con una misma y lapidaria filosofía, que da sentido a todo el film y que aparece en la magnífica escena final, que quiero compartir con vosotros por la inmensa carga vital y de optimismo que posee. Desde que la vi, no puedo dejar pasar un día sin escucharla. Se trata de la canción “De momento”, interpretada por los Aslandticos con la aparición estelar del inclasificable “Tomasito”. Escucharla os cargará las pilas y os ayudará a encarar el año que se abre con energía, algo que no nos vendrá mal a nadie. Esta es la escena en cuestión: 
Otro número musical que me encantó fue la versión de “Escándalo" que interpreta Lola Herrera en la escalera de su vecindad, con una perfecta coreografía y la participación de todos. Esta es la escena:


Lola Herrera interpreta a una antigua cantante de copla, famosa en sus años de gloria, “La niña María”, que se siente traicionada cuando se entera de que sus hijos quieren meterla en una residencia. Emprende entonces un extraño viaje desde el sur a Sitges, en la furgoneta de unos okupas.
Una película, en fin, que os agradará, que os obligará a soltar alguna que otra lágrima y a emocionaros, a sonreír y a aplaudir, que os dará que pensar y que os mostrará que “la vida pasa de momento”, y que hay que aprovecharla con toda la intensidad de la que seamos capaces. No os dejéis influenciar por el almodovariano cartel promocional, que engaña con su colorismo y su intrascendencia. La película tiene enjundia, y aunque posiblemente no esté tan perfectamente realizada como las mencionadas “Al otro lado de la cama” y su secuela, tanto sus números, como los actores, como las historias paralelas que nos cuenta, son infinitamente superiores a aquella.
Que la disfrutéis, sobre todo esa maravillosa canción, “De momento”.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Precious

Cuando la estrenaron en cine no fui a verla. De forma intencionada, todo hay que decirlo. Una película que trataba de una chica negra con sobrepeso, cargada de problemas… La verdad es que por aquel entonces tampoco estaba yo mucho por la labor de contemplar dramas. Pero siempre me quedó la duda, esa especie de resquemor que me produce la sensación de haberme perdido algo interesante. El otro día la pusieron en la 2 de Televisión. Mi estado de ánimo estaba preparado. Es siempre el estado de ánimo el que marca la pauta de las películas que veo. ¿No os ocurre lo mismo a vosotros? Existe una gran mayoría de personas que dicen “me gustan los dramas”, a las que otras responden “ah, a mí no. Bastante triste está la vida, como para meterte al cine a ver un drama. A mí, comedias, comedias”. Otros dicen “donde esté el cine de acción…”, sentencia ante la que los más frikis alzan el dedo “acción, sí, pero con efectos especiales”. A mí me gustan las comedias, los dramas, las películas de acción, con o sin efectos especiales, las de terror…Todas las que tengan algo que decir. Siempre en función del estado de ánimo, por supuesto. ¿Quién no ha disfrutado de “El guateque” en una reunión de amigos? ¿Quién no ha llorado con “Cinema Paradiso”, por ejemplo, a solas en una tarde invernal, de esas en la que no nos apetece salir de casa? Mi estado de ánimo el jueves por la noche era ese, estaba preparado para disfrutar de un buen drama. Vi “Precious”… Y no me arrepentí, os lo aseguro. Disfruté de ella.
“Precious” contiene un universo de matices en su interior. Partiendo de la premisa de la sórdida existencia de Claireece “Precious” Jones, una chica de 16 años extremadamente obesa y analfabeta, el director Lee Daniels consigue transmitir los sentimientos y las emociones de todo buen drama, pero además transmite valores, esperanza, alegría de vivir, y sobre todo, lo más complicado de toda buena película, a mi modo de ver: la sensación de no estar perdiendo el tiempo ante la pantalla del televisor, de estar contemplando algo grande, importante, que no es otra cosa que un maravilloso canto a la autoestima.
Con una maestría que pudimos encontrar también en “Bailando en la oscuridad”, ese soberbio drama que rodó Lars Von Trier antes de que se le fuera completamente la olla, Lee Daniels se evade de la realidad de vez en cuando, con escenas, basadas casi siempre en los sueños de Precious, que ya valen el óscar por sí mismas. En esos momentos de delirio, llenos de glamour y flashes de cámaras, la protagonista sale de su mutismo y se ve a sí misma como una estrella. En otra escena, digna de pasar a los anales de los momentos más simpáticos del cine, ella y su madre sustituyen a la Sofía Loren y a su hija de “Dos mujeres”, blanco y negro incluido.
Precious frecuenta dos mundos absolutamente opuestos. Por un lado, la sordidez de la casa que comparte con su madre, Mary, un personaje que transmite tanta maldad, quizás un poco exagerada, que demuestra la magistral capacidad de la actriz que lo interpreta, Mo´Nique, prácticamente desconocida en nuestro país, pero muy valorada en Estados Unidos. La atmósfera del hogar, por llamarlo de alguna manera, de Precious y su madre, es oscura, irrespirable, sofocante. Casi se puede percibir el denso aroma de esos pies de cerdo con judías, o los grasientos trozos de pollo que parecen estarse cocinando continuamente en la casa, y que se nos muestran de vez en cuando con toda su carga de colesterol en vena. El primer mazazo lo recibimos cuando la madre le arroja a Precious un objeto a la cabeza que la deja inconsciente.
Sabemos que Precious tiene una hija, pero no vive con ellas. La inquietud se empieza a instalar en nuestra conciencia. ¿Dónde está la niña? Hacia la mitad del metraje se nos cuenta que vive con la abuela, que no puede ni ver a su hija, la madre de Precious, porque la tiene miedo.
Es así, a base de pequeños retazos en el instituto, en la calle, en un hogar tan siniestro como el de “Carrie” (y con una madre parecida), como nos vamos sumergiendo poco a poco en el primer mundo de Precious, en el siniestro, y como, además, y ese es el gran acierto del director, la vamos queriendo cada vez un poco más.
El otro mundo de Precious, el que descubre cuando la expulsan del instituto, es la escuela secundaria a la que acude para aprender a leer y a escribir.
Una de las sensaciones más curiosas que transmite la película, al menos a mí, es que estando hecha por negros, en un entorno de negros como es el barrio de Harlem, no parece en absoluto una película de negros, ni para negros, y me explico antes de que se me acuse rápidamente de racista: Spike lee hace un cine exclusivamente para negros, en el que reivindica su naturaleza, exaltando su forma de ser. Personalmente, veo más racismo en el cine de Spike Lee que en “La cabaña del tío Tom”, por poner un ejemplo extremo. Hay algunos directores que reivindican el antirracismo (American History X). El caso es que en todas esas películas se percibe desde la lejanía que el negro es diferente, y en Precious no. Lee ha conseguido derribar la barrera, blancos y negros nos resultan absolutamente iguales, a Precious no le ocurren las cosas porque sea negra, sino porque es adolescente, con sobrepeso, y analfabeta, y sobre todo porque sus padres, los dos, están mentalmente enfermos. Es un matiz importante. Su madre no es imbécil, machista y fracasada porque sea negra, sino porque es imbécil, machista y fracasada. Fracasada como madre, pero más fracasada como mujer, con una absurda obsesión que culpa a su hija de haberle robado “a su hombre”, cuando la realidad es que el padre de Precious era un ser tan despreciable como para violar a su hija desde que tenía tres años. A partir de la madre de Precious podría escribirse todo un tratado psicológico de las relaciones humanas. Su absoluto desprecio por su hija y sus nietos, el rencor ante su manifiesta incapacidad de controlar su propia vida, su pereza, su codicia… Todo en ella nos hace odiarla profundamente desde el primer momento.
Precious comienza a ver la luz cuando acude a la escuela secundaria en la que empiezan a enseñarle a leer. Ella misma lo dice desde el primer momento: aprende en un día más que en todo el tiempo que lleva en el instituto. Por primera vez en su vida levanta la mano y habla en clase. Percibimos, al mismo tiempo que ella, que algo está cambiando. Sus compañeras de viaje en esta nueva singladura vital constituyen el descubrimiento probablemente más simpático de la película: chicas de su edad, asistentes a la escuela, a cual más estrafalaria, pero magníficas personas, como se irá viendo a lo largo del metraje, que evolucionan al ritmo marcado por la señorita Rain, la profesora.
Otro gran acierto del director consiste en dotar a los personajes interpretados por Mariah Carey y Lenny Kravitz de la suficiente personalidad y hondura psicológica como para hacernos olvidar completamente que estamos ante Mariah Carey y Lenny Kravitz. Especialmente ella, que interpreta a la asistente social que lleva el caso de Precious, transmite perfectamente el estado de ánimo de una asistente social acostumbrada a que la miseria y la sordidez de la vida le salpiquen a la cara todos los días. Parece cansada, pero conserva sus valores. Parece despreciar a Precious, pero la quiere de verdad. También es digna la interpretación de Lenny Kravitz, en el papel de un enfermero al que las compañeras de Precious le tiran infructuosamente los tejos, en una deliciosa escena, cuando visitan a su compañera tras dar a luz a su segundo hijo.
La explosión vital de Precious hacia el final de la película vale por sí sola la visión de la misma. Es en ese momento cuando percibimos lo que hemos visto como un canto a la autoestima, una autoestima que trata de abrirse paso en el alma de la chica, a pesar de los denodados esfuerzos que su madre ha invertido durante toda la vida para aplastársela. Precious toma conciencia dolorosamente de su superioridad con respecto a una madre con la cabeza llena de mierda, y decide volar por sí misma. La entrevista que mantienen Precious y su madre frente a la asistente social resulta magnífica, con esas esporádicas tomas de las manos de la madre, a la que la asistente consigue conducir con habilidad a un callejón sin salida.
Una maravilla del séptimo arte que no se debe dejar escapar.

miércoles, 14 de abril de 2010

La cinta blanca

Cuando sea mayor, me gustaría ser cámara de películas alemanas, suecas o danesas de la misma escuela que “La cinta blanca”. Llegas, saludas al director y a los colaboradores, plantas la cámara, aprietas el botón de “On”... Y ya está, te puedes largar a hacer tus cosas, a comprar ropa, o a lo que quieras. Esa es la impresión que saqué, después de miles de bostezos y de movimientos de butaca de un lado a otro, cuando vi la tan cacareada y premiada película de Michael Haneke.

Porque al parecer, “La cinta blanca” tuvo una buena cosecha de premios en Europa, y se presentó como firme candidata a los óscars de este año a la mejor película extranjera. Ese arranque del principio levanta mis sospechas cada vez que veo una película como esa. Me refiero al despliegue inevitable en pantalla, normalmente sin que suene ningún tipo de música, de todos los premios que ha cosechado el título en variopintos festivales europeos. En este caso, además, agravado por un inexplicable empeño del director en filmar su obra en un opresivo blanco y negro, cuya razón de ser no me parece que sea otra que la de imitar en cierto modo la forma de hacer de Dreyer.

Las referencias a Dreyer, sin llegar en ningún momento a superar tan siquiera la suela de los zapatos del inmortal director, aparecen a cada momento. Las ya comentadas imágenes estáticas, en las que un carromato tarda del orden de tres o cuatro minutos en atravesar un árido paisaje de la estepa alemana (por ejemplo, y quizá con cierta exageración), los primeros planos de los personajes, interminables y aburridos diálogos que la mayor parte de las veces no conducen a ninguna parte... Recursos que si en Dreyer atraían por su grandeza, en Haneke repelen por su aburrimiento.

Si algo ha conseguido Haneke sin embargo, y es algo que le reconozco, es reflejar perfectamente la tristeza, la podredumbre moral, y el infinito puritanismo de una forma de actuar basada en los aspectos más aberrantes y extremistas del protestantismo más reacio. Viendo la frialdad, la violencia contenida, el miedo y la falsa estabilidad emocional de la mayor parte de los habitantes de ese frío y desasosegante pueblo alemán, en el que todos parecen pertenecer a una gigantesca secta conducida por el pastor de turno, uno se siente casi eufórico de pertenecer a este cálido mundo católico, con todo su sol, su cocina mediterránea, sus sacerdotes que se saltan de vez en cuando los preceptos, y sus parroquianos que acuden con la misma alegría al bar que a la Iglesia, si es que a esta última se acercan alguna vez. Haneke consigue mostrar la engrasada, pragmática, fría y calculadora maquinaria protestante, en contrapunto a la imperfección católica. No se hace ninguna referencia a nuestra sociedad, pero late en el espíritu de la película esa perfección que parece impregnarlo todo, desde las relaciones laborales hasta la forma de hacerle la corte a una joven, pasando por todo lo demás. Un perfección afilada, que esconde debajo, muy alejada de la vista y de los sentidos, una realidad perversa y de contenida violencia.

Hubo dos o tres escenas que me impresionaron, dentro del marasmo de aburrimiento que me produjo la cinta. Suele ocurrir también. Algo, que en cualquier otra cinta pasaría completamente desapercibido, o como mucho formando parte de un todo uniforme, destaca como un iceberg por su grandeza en una película cuyo leit motiv parece ser la búsqueda del sueño del espectador. En este caso, resulta impresionante por su crudeza la escena en la que el doctor repudia de mala manera a su ama de llaves, con la que hasta ese justo momento ha mantenido relaciones sexuales a escondidas. La sarta de crueldades que el doctor le vomita a la cara a una mujer en el crepúsculo de su sexualidad, no puede dejar indiferente a nadie. Como si de una bomba de relojería se tratara, el doctor estalla, insultando a la en apariencia puritana mujer en lo más profundo de su naturaleza humana. Me consta, a tenor de los murmullos de aprensión que escuchaba de los pocos espectadores que compartían conmigo este suplicio, que ese repudio cruel estaba calando fuerte entre nuestras conciencias. Tampoco puedo olvidar la cerrazón y falta de ganas de admitir la verdad del pastor protestante, que a pesar de sufrir en sus propias carnes el arrebato de crueldad de uno de sus hijos, se niega a reconocer la evidencia cuando el maestro del pueblo le expone las razones que le han llevado a sospechar de ellos. Tampoco puedo olvidar el solemne discurso, digno de figurar en los altares más elevados de la dignificación moral, que le suelta el mismo pastor a uno de sus hijos para que deje de masturbarse, y el cruel tratamiento al que es sometida la criatura (atarle los brazos a los lados de la cama) para que abandone tan perniciosa costumbre.

No hay nada que más me reviente al enfrentarme a una película, que haber acudido a verla impulsado por una publicidad que al final resulta engañosa. Me ocurre con esos trailers que sólo muestran una parte que nada tiene que ver con la totalidad, o con esas notas de prensa que destacan un cierto aspecto que después brilla por su ausencia. En el caso de “La cinta blanca”, una de las razones que me empujó a verla fue que se me vendió como un “análisis de la violencia, y de los actos que resultaron precursores del nazismo”. No hay nada más alejado de la verdad. La única violencia que se muestra en la cinta, de forma la mayor parte de las veces soterrada y sin que se sepa en ningún momento claramente quién es el culpable, viene ejercida por un grupo de niños malignos que se dedican a hacer putadas de forma sistemática y al parecer justificada para ellos, probablemente como contrapunto moral a esa cinta blanca que les obligan a ponerse como símbolo de pureza moral y espiritual. En algunos momentos, sobre todo cuando aparecen lo niños crueles en grupo, no podía evitar pensar en “Quien puede matar a un niño”, soberbio título español que refleja un tema parecido desde una perspectiva más atractiva. También me acordaba de esos siniestros niños que aparecían en un capítulo de los Simpson, parodia a su vez de la película “El pueblo de los malditos”, protagonizada por George Sanders. Resulta inevitable, si se ha visto ese título, pensar en él cuando aparecen los siniestros cabroncetes de “La cinta blanca”. Como otro homenaje a los Simpson, quiero comentar la desacertada elección de la voz que dobla al pastor protestante, que no es otra que la del policía que aparece en la serie de dibujos animados, lo que bajo mi punto de vista le quita toda credibilidad.

Nada, en definitiva, que haga pensar en los orígenes del nazismo, ni en nada que se le parezca. Una cinta triste, aburrida, pretenciosa y totalmente prescindible. Si quieres ver cine de Dreyer, dirígete al original, no a sucedáneos sin sustancia como el que nos propone Haneke.

domingo, 14 de marzo de 2010

El concierto

“En la época de Brezhnev, Andrei Filipov era el mejor director de orquesta de la Unión Soviética y dirigía la célebre Orquesta del Bolshoi. Pero en plena gloria, tras renunciar a separarse de sus músicos judíos, entre los que estaba su mejor amigo Sacha, fue despedido. Treinta años después, sigue trabajando en el Bolshoi, pero ahora… como limpiador. Una noche que Andrei se queda hasta tarde sacando brillo al despacho del jefe, encuentra un fax dirigido a la dirección del Bolshoi: se trata de una carta del Teatro de Chatelet invitando a la orquesta oficial a que vaya a dar un concierto a París. De repente, a Andrei se le ocurre una idea loca: ¿por qué no reunir a sus antiguos compañeros músicos, que viven de hacer trabajillos y chapuzas, y llevarlos a París, haciéndoles pasar por el Bolshoi? La tan esperada ocasión de tomarse la revancha por fin ha llegado”.



Esta es la sinopsis de la película que podréis leer en todas y cada una de las páginas que hablan de ella. “El concierto” es uno de esos títulos que apenas dejarán huella en lo que se refiere a la propaganda mediática que la rodea. Nada que ver con “Avatar”, “En tierra hostil” y todas las que hayan tocado la gloria del óscar con los dedos. Nada de eso. Unos cuantos días con el cartel colocado en los laterales de las mamparas de autobuses, alguna reseña en la penumbra de revistas y periódicos (esas páginas a las que casi nunca llegamos por falta de ganas y tiempo), y poco más. La vi de estreno, en una sala de sólo nueve filas, y que además no estaba llena. No parece el planteamiento que rodee a un título interesante.



Y sin embargo, puedo aseguraros que “El concierto” es la mejor película que he visto en bastante tiempo.



Me queda la impresión de haber elegido el mejor de los títulos que se estrenaron el pasado viernes, y posiblemente el mejor de toda la temporada. Resulta imposible resumir en sólo dos páginas la cantidad de matices, sensaciones, alegrías y tristeza que es capaz de transmitir esta película, dirigida por un director desconocido (al menos para mi), interpretada por actores desconocidos, rodada en su mayor parte en un lugar poco dado a aparecer en la gran pantalla (Moscú), y con planteamiento nada comercial. Sólo tuve la misma sensación cuando vi “La vida de los otros”, otra joya de la emotividad.



El resumen que he colocado más arriba es perfecto. Esa es la idea, pero después viene todo lo demás. “El concierto” es una comedia desternillante (la escena del aeropuerto es lo más original que he visto en mucho tiempo), que contiene en su interior un drama humano emotivo y profundo. “El concierto” no es otra cosa que una película perfecta, de esas que te hacen reír, llorar, vibrar y emocionarte al darte cuenta de que el cine es un ente vivo capaz de de gratificarte de vez en cuando con joyas como esta. “El concierto” está en la línea de “Billy Elliot” o “Full Monty”, con el ingrediente añadido de esa inmortal alma rusa que impregna la acción desde el principio hasta el final.



Podría hablaros de esa caótica orquesta de Andrei Filipov, que nada más presentarse en París le exige al representante del teatro del Chatelet las dietas por adelantado, poco menos que atracándole, para perderse a continuación en la noche. Una orquesta que no ensaya, ¿para qué, si son rusos?. Cuando Melanie Laurent (destinada a convertirse sin duda en una nueva musa a partir de este título) se queda sorprendida ante la increíble forma de tocar el violín de un gitano de cara roja sobre el que descansa gran parte de la acción, le pregunta “¿cómo lo ha hecho?”, y el otro se encoge de hombros y contesta humildemente “con la mano”. Los detalles de este tipo son innumerables. Poco a poco vamos descubriendo la enorme calidad humana de Andrei Filipov, el limpiador del Bolshoi, que ha llegado a esa situación por colocar sus principios y su integridad por encima de cualquier otro planteamiento.



Podría hablaros también del irónico retrato de la Rusia actual que presenta la película. La mafia rusa aparece con todas sus miserias, con todo ese gusto hortera y aberrante que la caracteriza. La escena de la boda de un oligarca, que contrata a mil figurantes para superar a uno de sus rivales, no tiene precio. Cuando el sponsor de la orquesta, un individuo que toca el violoncelo con la misma calidad que un gato maullando, le comunica al director del teatro parisino que va a transmitir el concierto vía satélite a toda Rusia, y este le dice que hay un contrato en exclusiva con un canal francés, el ruso no duda un momento en amenazar con cortar el gas de toda Europa del este.



Podría contaros también la grandeza de la mujer de Andrei, que cuando se entera de la idea de su marido, le dice “pediré el divorcio... si no vas a París”, y ante las argucias del antiguo miembro del partido comunista que se encarga de todo (billetes de avión, traslados, etc), no duda en amenazarle con matarle. Una mujer que se dedica a buscar figurantes que acudan a los rancios mítines que este nostálgico del partido monta los fines de semana, en un triste y entrañable intento de demostrar que el partido comunista todavía puede dar mucha guerra.



En este sentido, no resulta menos graciosa la situación que se produce en París, cuando el ruso se encuentra con un antiguo camarada y le propone dar una conferencia para colocar al partido comunista francés de nuevo en su lugar. El camarada francés consigue reunir en el gran auditorio de la sede del partido a unas... ¿veinte personas? Más o menos. La película consigue que estos comunistas acérrimos o esos judíos maltratados nos lleguen a parecer incluso simpáticos en sus pobres intentos de revivir lo invivible.



Podría hablaros de la fiesta gitana, de Sacha, ese inmenso judío que acompaña a Andrei para reunir la orquesta en una destartalada ambulancia (a veces incluso con el enfermo correspondiente dando tumbos en la parte trasera), de esa pareja, padre e hijo, que llegan a París cargados con móviles y caviar con la sana intención de hacer fortuna, del original episodio de “La true Normandie”, un restaurante al que solía acudir el comunista entrañable, reconvertido ahora en un turco, de todos esos rusos que al día siguiente de su llegada ya están trabajando en un taxi o en una empresa de mudanzas, de la extraña y surrealista relación entre el director del teatro del Chatelet y su ayudante, que suele financiar las operaciones con su propio dinero... Y podría, sobre todo, hablaros de la magnífica historia de la violinista, un emotivo episodio que dejo en el aire para obligaros a correr al cine a ver la película.



A algunos puede resultarles un poco larga la escena del concierto final. Uno tiene que tener un cierto aprecio por la música clásica para degustar ese momento. No obstante, la sabiduría del director, con un buen hacer que para sí quisieran otros muchos directores más famosos pero menos capaces, mezcla durante ese concierto de Tchaikovski imágenes tanto del pasado como del futuro, cerrando unos matices y abriendo otros, de forma que la historia queda concluida con toda su perfección.



Una película perfecta, redonda, entrañable, magnífica, que no debería sumirse en absoluto en las oscuras simas del olvido. Si queréis disfrutar de buen cine, de ese que no sólo te hace pasar un buen rato, sino que te da que pensar, no podéis dejar de verla.