viernes 3 de febrero de 2012

Silencio en la nieve

Reconozco que he ido a ver “Silencio en la nieve”, la última película de Gerardo Herrero, impulsado por varios prejuicios positivos que se anteponen al soberbio prejuicio negativo de que se trata de una película española. No puedo evitar acudir a una película en la que participe Carmelo Gómez, para mi gusto, siempre con el permiso de “El brujo”, por supuesto (el más grande entre los grandes, pero hace poco cine el hombre), el segundo mejor actor español. Tampoco pude evitar que el título despertara mi interés cuando supe que la trama se desarrollaba en medio de la División azul, un episodio de nuestra historia injustamente denostado por todo el mundo, primero e históricamente por el mismísimo Franco, al que no le interesaba darle demasiada publicidad al movimiento para que sus nuevos aliados americanos se olvidaran de que había intentado ayudar a su buen amigo Hitler, y después por los demás, en parte porque el grueso de aquel contingente estaba compuesto en su mayor parte de falangistas, aunque en realidad había de todo, y si no, que se lo pregunten al amigo Berlanga y al magnífico Luis Ciges.
Partiendo de esas dos premisas acudo al cine, en un día de frío polar, a ver una película que se desarrolla íntegramente en la estepa rusa de la Segunda Guerra Mundial. Tras un pequeño título explicativo de lo que supuso la División Azul, surge la primera escena como un mazazo estético de esos que se convierten por méritos propios en una de esas imágenes que se fijan en la memoria del espectador para toda la vida. El bosque, porque no se me ocurre llamarlo de otra manera, de caballos congelados en una laguna, con medio cuerpo fuera, las patas al aire y las cabezas ladeadas en una extraña mueca de la muerte, resulta ciertamente estremecedor. Cuando los personajes interpretados por Carmelo Gómez y Juan Diego Botto se acercan a contemplar el panorama, aparece, también incrustado en el hielo, el primer cadáver, el de un hombre al que le han grabado con un cuchillo en el pecho las palabras “mira que te mira Dios”. Con semejante premisa comienza uno de esos títulos españoles que merece la pena rescatar, que merece la pena salvar de ese injusto olvido al que seguramente le habrán condenado ya los propios miembros de la academia por no ser de ninguno de los amiguetes. Un título que nada tiene que envidiar a otros títulos semejantes producidos por Hollywood posiblemente con muchos más medios, pero desde luego con similar o incluso inferior profesionalidad.
“Silencio en la nieve” bebe de un título que me impactó hace muchos años, “La noche de los generales”, protagonizada por Omar Shariff y el soberbio Peter O´Toole. La trama se desarrollaba prácticamente de la misma manera. Un oficial alemán, Omar Shariff, investigaba los sangrientos crímenes que se estaban cometiendo contra prostitutas en un escenario de guerra similar al reflejado en “Silencio en la nieve”. Recuerdo perfectamente que una de las actitudes que más me impactaron de aquella película fue precisamente la del oficial investigador, que siendo alemán, parecía no estar de acuerdo con las atrocidades cometidas por sus paisanos. Juan Diego Botto bebe de esa moral. No se pronuncia nunca, pero no comparte tampoco el fanatismo en un sentido o en otro de sus correligionarios. La única vez que toma partido se produce en una de las escenas mejor logradas de la cinta, que refleja perfectamente el choque brutal entre la posiblemente desordenada pero humana mentalidad de aquellos españoles, y la mecanizada y descerebrada crueldad gratuita de los alemanes. Ese es uno de los aspectos que despertaron para siempre esa especie de fascinación mía por la División Azul, ese respeto a unos españoles a los que no se les había perdido nada en aquel conflicto, que partieron probablemente con ganas de comerse el mundo y se encontraron con el pueblo ruso, esa “Bicha” comunista con pezuñas en los pies y rabo de diablo, que resultó que era un pueblo digno, sensible, más parecido al español que los aliados alemanes. Muchos de los integraron aquel grupo de idealistas llegaron a confraternizar con las “panienkas”, las mujeres rusas, hasta el punto de no volver a España. La película refleja esa situación, tanto en la aventura amorosa que vive el protagonista, como en el arranque de nobleza que empuja al grupo de falangistas a enfrentarse a un descerebrado soldado alemán que no sabe hacer otra cosa que sacar a relucir su crueldad en cuanto se le deja hacer. Resulta curiosa la forma que tiene el director, Gerardo Herrero, de hacer que un grupo de falangistas se nos hagan simpáticos.
De alguna manera, uno de los grandes aciertos de la película es precisamente desdramatizar, no tomar partido por unos u otros, no sumergirse en el fanatismo de un lado ni en el contrario, algo que desde luego es de agradecer y que consigue que de esta película no se pueda decir aquello de “otra película más de la Guerra”, porque no es así. Se trata de un thriller digno, perfectamente ambientado en un paisaje de guerra, con un magnífico vestuario y unos campamentos militares y cuarteles que se van desmoronando a medida que avanza la acción. La muerte está rodeando continuamente a los protagonistas. Juan Diego Botto es un expolicía investigando un crimen, pero también es un soldado que comparte con sus compañeros el estrecho espacio de un camión alrededor del que caen bombazos de mortero mientras avanza por la estepa (soberbia escena, por cierto, en la que el copiloto del camión consigue que los asustados soldados arranquen a cantar para animarse y tratar de acallar el sonido de la muerte).
Y Carmelo Gómez… Bueno, me costará olvidar esa infame pelliza con piel de borrego que casi se podía oler desde la butaca. Carmelo es el doctor Watson de Juan Diego. Mantienen una especie de conexión tácita. Ninguno habla de su pasado, ninguno nos revela las circunstancias que le han llevado hasta ese infierno. No nos importa. Es lo de menos. “Todo el mundo tiene un pasado”, dice sabiamente nuestro amigo.
Una cinta magnífica, digna de ver, injustamente devaluada por una promoción cinematográfica que se retroalimenta a sí misma de delirios almodovarianos y absurdeces pretenciosas y frikis. Un título digno, bien hecho, que merece la pena ver. La estrenaron la semana pasada, y ya está en las últimas sesiones. En la sala en que la he visto éramos siete u ocho personas. Que al menos los que lean este blog transmitan a su vez que merece la pena verla. No os defraudará, os lo aseguro. Por cierto, no os perdáis los títulos del final. Las fotografías y la música sin tan impactantes como el magnífico comienzo.

miércoles 4 de enero de 2012

¿Por qué se frotan las patitas?

Otra de esas películas que empiezas a ver sin ganas, y que a medida que transcurre te cambia la vida. Cine español sin pretensiones, fácil de ver, ameno, sin resquemores antiguos ni tocamiento de narices a una u otra España. Cine español bien hecho, con humildad, que no busca ni los óscars ni los Goyas de turno, sin los vicios ni los traumas de Almodóvar y otros muchos que babean a su sombra y con su estilo. Una película coral que se inspira sin duda en las aclamadas “Al otro lado de la cama” y su secuela, es decir, historias entremezcladas con números musicales, en el caso que nos ocupa de gran calidad.
“¿Por qué se frotan las patitas?” merece verse por todo. Por su música, con esos éxitos de siempre pasados por el tamiz de un flamenco elegante y bien llevado, moderno y sugerente, sin estridencias. Por sus actores, grandes genios de la interpretación, como la inconmesurable Lola Herrera, por supuesto, pero también actores que no por semi dsconocidos no dejan de ser grandes, muy grandes, como Antonio Dechent, el inolvidable compañero malage de “Smooking Room”, al que ni Pablo Carbonell logró humillar con el infumable papel que le dio en “Atún y chocolate”, el incipiente Raúl Arévalo, un consolidado actor cuyo papel en “Gordos” me encantó, o el gran Manuel Morón, un hombre que no se prodiga demasiado en el cine español pero que posee un número ilimitado de registros, desde la siniestra personalidad que dibuja en “El bola”, hasta el torpe e inclasificable detective, de nombre “Manolete”, que interpreta en esta ocasión. Sus escarceos con Rosario, interpretada por otra actriz a tener en cuenta, Ana Wagener, nos arrancan la sonrisa cada vez que se producen.
También tiene un destacado papel Marisol Membrillo, que hace de Rocío, una de las tres mujeres (la esposa), junto a Lola Herrera (la madre) y Julia García (la hija) que abandonan a Antonio Dechent el mismo día. Rocío, que se escapa a un centro budista, le suelta a uno de los monjes, que la escucha presa del nerviosismo, que ella quiere “relajarse en su entorno, no en el monasterio”. Eso os podrá dar una idea de la naturaleza de la película, que puede considerarse como una película coral, una road movie, un drama o una comedia, todo ello en el mismo paquete y con una misma y lapidaria filosofía, que da sentido a todo el film y que aparece en la magnífica escena final, que quiero compartir con vosotros por la inmensa carga vital y de optimismo que posee. Desde que la vi, no puedo dejar pasar un día sin escucharla. Se trata de la canción “De momento”, interpretada por los Aslandticos con la aparición estelar del inclasificable “Tomasito”. Escucharla os cargará las pilas y os ayudará a encarar el año que se abre con energía, algo que no nos vendrá mal a nadie. Esta es la escena en cuestión: 
Otro número musical que me encantó fue la versión de “Escándalo" que interpreta Lola Herrera en la escalera de su vecindad, con una perfecta coreografía y la participación de todos. Esta es la escena:


Lola Herrera interpreta a una antigua cantante de copla, famosa en sus años de gloria, “La niña María”, que se siente traicionada cuando se entera de que sus hijos quieren meterla en una residencia. Emprende entonces un extraño viaje desde el sur a Sitges, en la furgoneta de unos okupas.
Una película, en fin, que os agradará, que os obligará a soltar alguna que otra lágrima y a emocionaros, a sonreír y a aplaudir, que os dará que pensar y que os mostrará que “la vida pasa de momento”, y que hay que aprovecharla con toda la intensidad de la que seamos capaces. No os dejéis influenciar por el almodovariano cartel promocional, que engaña con su colorismo y su intrascendencia. La película tiene enjundia, y aunque posiblemente no esté tan perfectamente realizada como las mencionadas “Al otro lado de la cama” y su secuela, tanto sus números, como los actores, como las historias paralelas que nos cuenta, son infinitamente superiores a aquella.
Que la disfrutéis, sobre todo esa maravillosa canción, “De momento”.

sábado 17 de diciembre de 2011

Precious

Cuando la estrenaron en cine no fui a verla. De forma intencionada, todo hay que decirlo. Una película que trataba de una chica negra con sobrepeso, cargada de problemas… La verdad es que por aquel entonces tampoco estaba yo mucho por la labor de contemplar dramas. Pero siempre me quedó la duda, esa especie de resquemor que me produce la sensación de haberme perdido algo interesante. El otro día la pusieron en la 2 de Televisión. Mi estado de ánimo estaba preparado. Es siempre el estado de ánimo el que marca la pauta de las películas que veo. ¿No os ocurre lo mismo a vosotros? Existe una gran mayoría de personas que dicen “me gustan los dramas”, a las que otras responden “ah, a mí no. Bastante triste está la vida, como para meterte al cine a ver un drama. A mí, comedias, comedias”. Otros dicen “donde esté el cine de acción…”, sentencia ante la que los más frikis alzan el dedo “acción, sí, pero con efectos especiales”. A mí me gustan las comedias, los dramas, las películas de acción, con o sin efectos especiales, las de terror…Todas las que tengan algo que decir. Siempre en función del estado de ánimo, por supuesto. ¿Quién no ha disfrutado de “El guateque” en una reunión de amigos? ¿Quién no ha llorado con “Cinema Paradiso”, por ejemplo, a solas en una tarde invernal, de esas en la que no nos apetece salir de casa? Mi estado de ánimo el jueves por la noche era ese, estaba preparado para disfrutar de un buen drama. Vi “Precious”… Y no me arrepentí, os lo aseguro. Disfruté de ella.
“Precious” contiene un universo de matices en su interior. Partiendo de la premisa de la sórdida existencia de Claireece “Precious” Jones, una chica de 16 años extremadamente obesa y analfabeta, el director Lee Daniels consigue transmitir los sentimientos y las emociones de todo buen drama, pero además transmite valores, esperanza, alegría de vivir, y sobre todo, lo más complicado de toda buena película, a mi modo de ver: la sensación de no estar perdiendo el tiempo ante la pantalla del televisor, de estar contemplando algo grande, importante, que no es otra cosa que un maravilloso canto a la autoestima.
Con una maestría que pudimos encontrar también en “Bailando en la oscuridad”, ese soberbio drama que rodó Lars Von Trier antes de que se le fuera completamente la olla, Lee Daniels se evade de la realidad de vez en cuando, con escenas, basadas casi siempre en los sueños de Precious, que ya valen el óscar por sí mismas. En esos momentos de delirio, llenos de glamour y flashes de cámaras, la protagonista sale de su mutismo y se ve a sí misma como una estrella. En otra escena, digna de pasar a los anales de los momentos más simpáticos del cine, ella y su madre sustituyen a la Sofía Loren y a su hija de “Dos mujeres”, blanco y negro incluido.
Precious frecuenta dos mundos absolutamente opuestos. Por un lado, la sordidez de la casa que comparte con su madre, Mary, un personaje que transmite tanta maldad, quizás un poco exagerada, que demuestra la magistral capacidad de la actriz que lo interpreta, Mo´Nique, prácticamente desconocida en nuestro país, pero muy valorada en Estados Unidos. La atmósfera del hogar, por llamarlo de alguna manera, de Precious y su madre, es oscura, irrespirable, sofocante. Casi se puede percibir el denso aroma de esos pies de cerdo con judías, o los grasientos trozos de pollo que parecen estarse cocinando continuamente en la casa, y que se nos muestran de vez en cuando con toda su carga de colesterol en vena. El primer mazazo lo recibimos cuando la madre le arroja a Precious un objeto a la cabeza que la deja inconsciente.
Sabemos que Precious tiene una hija, pero no vive con ellas. La inquietud se empieza a instalar en nuestra conciencia. ¿Dónde está la niña? Hacia la mitad del metraje se nos cuenta que vive con la abuela, que no puede ni ver a su hija, la madre de Precious, porque la tiene miedo.
Es así, a base de pequeños retazos en el instituto, en la calle, en un hogar tan siniestro como el de “Carrie” (y con una madre parecida), como nos vamos sumergiendo poco a poco en el primer mundo de Precious, en el siniestro, y como, además, y ese es el gran acierto del director, la vamos queriendo cada vez un poco más.
El otro mundo de Precious, el que descubre cuando la expulsan del instituto, es la escuela secundaria a la que acude para aprender a leer y a escribir.
Una de las sensaciones más curiosas que transmite la película, al menos a mí, es que estando hecha por negros, en un entorno de negros como es el barrio de Harlem, no parece en absoluto una película de negros, ni para negros, y me explico antes de que se me acuse rápidamente de racista: Spike lee hace un cine exclusivamente para negros, en el que reivindica su naturaleza, exaltando su forma de ser. Personalmente, veo más racismo en el cine de Spike Lee que en “La cabaña del tío Tom”, por poner un ejemplo extremo. Hay algunos directores que reivindican el antirracismo (American History X). El caso es que en todas esas películas se percibe desde la lejanía que el negro es diferente, y en Precious no. Lee ha conseguido derribar la barrera, blancos y negros nos resultan absolutamente iguales, a Precious no le ocurren las cosas porque sea negra, sino porque es adolescente, con sobrepeso, y analfabeta, y sobre todo porque sus padres, los dos, están mentalmente enfermos. Es un matiz importante. Su madre no es imbécil, machista y fracasada porque sea negra, sino porque es imbécil, machista y fracasada. Fracasada como madre, pero más fracasada como mujer, con una absurda obsesión que culpa a su hija de haberle robado “a su hombre”, cuando la realidad es que el padre de Precious era un ser tan despreciable como para violar a su hija desde que tenía tres años. A partir de la madre de Precious podría escribirse todo un tratado psicológico de las relaciones humanas. Su absoluto desprecio por su hija y sus nietos, el rencor ante su manifiesta incapacidad de controlar su propia vida, su pereza, su codicia… Todo en ella nos hace odiarla profundamente desde el primer momento.
Precious comienza a ver la luz cuando acude a la escuela secundaria en la que empiezan a enseñarle a leer. Ella misma lo dice desde el primer momento: aprende en un día más que en todo el tiempo que lleva en el instituto. Por primera vez en su vida levanta la mano y habla en clase. Percibimos, al mismo tiempo que ella, que algo está cambiando. Sus compañeras de viaje en esta nueva singladura vital constituyen el descubrimiento probablemente más simpático de la película: chicas de su edad, asistentes a la escuela, a cual más estrafalaria, pero magníficas personas, como se irá viendo a lo largo del metraje, que evolucionan al ritmo marcado por la señorita Rain, la profesora.
Otro gran acierto del director consiste en dotar a los personajes interpretados por Mariah Carey y Lenny Kravitz de la suficiente personalidad y hondura psicológica como para hacernos olvidar completamente que estamos ante Mariah Carey y Lenny Kravitz. Especialmente ella, que interpreta a la asistente social que lleva el caso de Precious, transmite perfectamente el estado de ánimo de una asistente social acostumbrada a que la miseria y la sordidez de la vida le salpiquen a la cara todos los días. Parece cansada, pero conserva sus valores. Parece despreciar a Precious, pero la quiere de verdad. También es digna la interpretación de Lenny Kravitz, en el papel de un enfermero al que las compañeras de Precious le tiran infructuosamente los tejos, en una deliciosa escena, cuando visitan a su compañera tras dar a luz a su segundo hijo.
La explosión vital de Precious hacia el final de la película vale por sí sola la visión de la misma. Es en ese momento cuando percibimos lo que hemos visto como un canto a la autoestima, una autoestima que trata de abrirse paso en el alma de la chica, a pesar de los denodados esfuerzos que su madre ha invertido durante toda la vida para aplastársela. Precious toma conciencia dolorosamente de su superioridad con respecto a una madre con la cabeza llena de mierda, y decide volar por sí misma. La entrevista que mantienen Precious y su madre frente a la asistente social resulta magnífica, con esas esporádicas tomas de las manos de la madre, a la que la asistente consigue conducir con habilidad a un callejón sin salida.
Una maravilla del séptimo arte que no se debe dejar escapar.

miércoles 14 de abril de 2010

La cinta blanca

Cuando sea mayor, me gustaría ser cámara de películas alemanas, suecas o danesas de la misma escuela que “La cinta blanca”. Llegas, saludas al director y a los colaboradores, plantas la cámara, aprietas el botón de “On”... Y ya está, te puedes largar a hacer tus cosas, a comprar ropa, o a lo que quieras. Esa es la impresión que saqué, después de miles de bostezos y de movimientos de butaca de un lado a otro, cuando vi la tan cacareada y premiada película de Michael Haneke.

Porque al parecer, “La cinta blanca” tuvo una buena cosecha de premios en Europa, y se presentó como firme candidata a los óscars de este año a la mejor película extranjera. Ese arranque del principio levanta mis sospechas cada vez que veo una película como esa. Me refiero al despliegue inevitable en pantalla, normalmente sin que suene ningún tipo de música, de todos los premios que ha cosechado el título en variopintos festivales europeos. En este caso, además, agravado por un inexplicable empeño del director en filmar su obra en un opresivo blanco y negro, cuya razón de ser no me parece que sea otra que la de imitar en cierto modo la forma de hacer de Dreyer.

Las referencias a Dreyer, sin llegar en ningún momento a superar tan siquiera la suela de los zapatos del inmortal director, aparecen a cada momento. Las ya comentadas imágenes estáticas, en las que un carromato tarda del orden de tres o cuatro minutos en atravesar un árido paisaje de la estepa alemana (por ejemplo, y quizá con cierta exageración), los primeros planos de los personajes, interminables y aburridos diálogos que la mayor parte de las veces no conducen a ninguna parte... Recursos que si en Dreyer atraían por su grandeza, en Haneke repelen por su aburrimiento.

Si algo ha conseguido Haneke sin embargo, y es algo que le reconozco, es reflejar perfectamente la tristeza, la podredumbre moral, y el infinito puritanismo de una forma de actuar basada en los aspectos más aberrantes y extremistas del protestantismo más reacio. Viendo la frialdad, la violencia contenida, el miedo y la falsa estabilidad emocional de la mayor parte de los habitantes de ese frío y desasosegante pueblo alemán, en el que todos parecen pertenecer a una gigantesca secta conducida por el pastor de turno, uno se siente casi eufórico de pertenecer a este cálido mundo católico, con todo su sol, su cocina mediterránea, sus sacerdotes que se saltan de vez en cuando los preceptos, y sus parroquianos que acuden con la misma alegría al bar que a la Iglesia, si es que a esta última se acercan alguna vez. Haneke consigue mostrar la engrasada, pragmática, fría y calculadora maquinaria protestante, en contrapunto a la imperfección católica. No se hace ninguna referencia a nuestra sociedad, pero late en el espíritu de la película esa perfección que parece impregnarlo todo, desde las relaciones laborales hasta la forma de hacerle la corte a una joven, pasando por todo lo demás. Un perfección afilada, que esconde debajo, muy alejada de la vista y de los sentidos, una realidad perversa y de contenida violencia.

Hubo dos o tres escenas que me impresionaron, dentro del marasmo de aburrimiento que me produjo la cinta. Suele ocurrir también. Algo, que en cualquier otra cinta pasaría completamente desapercibido, o como mucho formando parte de un todo uniforme, destaca como un iceberg por su grandeza en una película cuyo leit motiv parece ser la búsqueda del sueño del espectador. En este caso, resulta impresionante por su crudeza la escena en la que el doctor repudia de mala manera a su ama de llaves, con la que hasta ese justo momento ha mantenido relaciones sexuales a escondidas. La sarta de crueldades que el doctor le vomita a la cara a una mujer en el crepúsculo de su sexualidad, no puede dejar indiferente a nadie. Como si de una bomba de relojería se tratara, el doctor estalla, insultando a la en apariencia puritana mujer en lo más profundo de su naturaleza humana. Me consta, a tenor de los murmullos de aprensión que escuchaba de los pocos espectadores que compartían conmigo este suplicio, que ese repudio cruel estaba calando fuerte entre nuestras conciencias. Tampoco puedo olvidar la cerrazón y falta de ganas de admitir la verdad del pastor protestante, que a pesar de sufrir en sus propias carnes el arrebato de crueldad de uno de sus hijos, se niega a reconocer la evidencia cuando el maestro del pueblo le expone las razones que le han llevado a sospechar de ellos. Tampoco puedo olvidar el solemne discurso, digno de figurar en los altares más elevados de la dignificación moral, que le suelta el mismo pastor a uno de sus hijos para que deje de masturbarse, y el cruel tratamiento al que es sometida la criatura (atarle los brazos a los lados de la cama) para que abandone tan perniciosa costumbre.

No hay nada que más me reviente al enfrentarme a una película, que haber acudido a verla impulsado por una publicidad que al final resulta engañosa. Me ocurre con esos trailers que sólo muestran una parte que nada tiene que ver con la totalidad, o con esas notas de prensa que destacan un cierto aspecto que después brilla por su ausencia. En el caso de “La cinta blanca”, una de las razones que me empujó a verla fue que se me vendió como un “análisis de la violencia, y de los actos que resultaron precursores del nazismo”. No hay nada más alejado de la verdad. La única violencia que se muestra en la cinta, de forma la mayor parte de las veces soterrada y sin que se sepa en ningún momento claramente quién es el culpable, viene ejercida por un grupo de niños malignos que se dedican a hacer putadas de forma sistemática y al parecer justificada para ellos, probablemente como contrapunto moral a esa cinta blanca que les obligan a ponerse como símbolo de pureza moral y espiritual. En algunos momentos, sobre todo cuando aparecen lo niños crueles en grupo, no podía evitar pensar en “Quien puede matar a un niño”, soberbio título español que refleja un tema parecido desde una perspectiva más atractiva. También me acordaba de esos siniestros niños que aparecían en un capítulo de los Simpson, parodia a su vez de la película “El pueblo de los malditos”, protagonizada por George Sanders. Resulta inevitable, si se ha visto ese título, pensar en él cuando aparecen los siniestros cabroncetes de “La cinta blanca”. Como otro homenaje a los Simpson, quiero comentar la desacertada elección de la voz que dobla al pastor protestante, que no es otra que la del policía que aparece en la serie de dibujos animados, lo que bajo mi punto de vista le quita toda credibilidad.

Nada, en definitiva, que haga pensar en los orígenes del nazismo, ni en nada que se le parezca. Una cinta triste, aburrida, pretenciosa y totalmente prescindible. Si quieres ver cine de Dreyer, dirígete al original, no a sucedáneos sin sustancia como el que nos propone Haneke.

domingo 14 de marzo de 2010

El concierto

“En la época de Brezhnev, Andrei Filipov era el mejor director de orquesta de la Unión Soviética y dirigía la célebre Orquesta del Bolshoi. Pero en plena gloria, tras renunciar a separarse de sus músicos judíos, entre los que estaba su mejor amigo Sacha, fue despedido. Treinta años después, sigue trabajando en el Bolshoi, pero ahora… como limpiador. Una noche que Andrei se queda hasta tarde sacando brillo al despacho del jefe, encuentra un fax dirigido a la dirección del Bolshoi: se trata de una carta del Teatro de Chatelet invitando a la orquesta oficial a que vaya a dar un concierto a París. De repente, a Andrei se le ocurre una idea loca: ¿por qué no reunir a sus antiguos compañeros músicos, que viven de hacer trabajillos y chapuzas, y llevarlos a París, haciéndoles pasar por el Bolshoi? La tan esperada ocasión de tomarse la revancha por fin ha llegado”.



Esta es la sinopsis de la película que podréis leer en todas y cada una de las páginas que hablan de ella. “El concierto” es uno de esos títulos que apenas dejarán huella en lo que se refiere a la propaganda mediática que la rodea. Nada que ver con “Avatar”, “En tierra hostil” y todas las que hayan tocado la gloria del óscar con los dedos. Nada de eso. Unos cuantos días con el cartel colocado en los laterales de las mamparas de autobuses, alguna reseña en la penumbra de revistas y periódicos (esas páginas a las que casi nunca llegamos por falta de ganas y tiempo), y poco más. La vi de estreno, en una sala de sólo nueve filas, y que además no estaba llena. No parece el planteamiento que rodee a un título interesante.



Y sin embargo, puedo aseguraros que “El concierto” es la mejor película que he visto en bastante tiempo.



Me queda la impresión de haber elegido el mejor de los títulos que se estrenaron el pasado viernes, y posiblemente el mejor de toda la temporada. Resulta imposible resumir en sólo dos páginas la cantidad de matices, sensaciones, alegrías y tristeza que es capaz de transmitir esta película, dirigida por un director desconocido (al menos para mi), interpretada por actores desconocidos, rodada en su mayor parte en un lugar poco dado a aparecer en la gran pantalla (Moscú), y con planteamiento nada comercial. Sólo tuve la misma sensación cuando vi “La vida de los otros”, otra joya de la emotividad.



El resumen que he colocado más arriba es perfecto. Esa es la idea, pero después viene todo lo demás. “El concierto” es una comedia desternillante (la escena del aeropuerto es lo más original que he visto en mucho tiempo), que contiene en su interior un drama humano emotivo y profundo. “El concierto” no es otra cosa que una película perfecta, de esas que te hacen reír, llorar, vibrar y emocionarte al darte cuenta de que el cine es un ente vivo capaz de de gratificarte de vez en cuando con joyas como esta. “El concierto” está en la línea de “Billy Elliot” o “Full Monty”, con el ingrediente añadido de esa inmortal alma rusa que impregna la acción desde el principio hasta el final.



Podría hablaros de esa caótica orquesta de Andrei Filipov, que nada más presentarse en París le exige al representante del teatro del Chatelet las dietas por adelantado, poco menos que atracándole, para perderse a continuación en la noche. Una orquesta que no ensaya, ¿para qué, si son rusos?. Cuando Melanie Laurent (destinada a convertirse sin duda en una nueva musa a partir de este título) se queda sorprendida ante la increíble forma de tocar el violín de un gitano de cara roja sobre el que descansa gran parte de la acción, le pregunta “¿cómo lo ha hecho?”, y el otro se encoge de hombros y contesta humildemente “con la mano”. Los detalles de este tipo son innumerables. Poco a poco vamos descubriendo la enorme calidad humana de Andrei Filipov, el limpiador del Bolshoi, que ha llegado a esa situación por colocar sus principios y su integridad por encima de cualquier otro planteamiento.



Podría hablaros también del irónico retrato de la Rusia actual que presenta la película. La mafia rusa aparece con todas sus miserias, con todo ese gusto hortera y aberrante que la caracteriza. La escena de la boda de un oligarca, que contrata a mil figurantes para superar a uno de sus rivales, no tiene precio. Cuando el sponsor de la orquesta, un individuo que toca el violoncelo con la misma calidad que un gato maullando, le comunica al director del teatro parisino que va a transmitir el concierto vía satélite a toda Rusia, y este le dice que hay un contrato en exclusiva con un canal francés, el ruso no duda un momento en amenazar con cortar el gas de toda Europa del este.



Podría contaros también la grandeza de la mujer de Andrei, que cuando se entera de la idea de su marido, le dice “pediré el divorcio... si no vas a París”, y ante las argucias del antiguo miembro del partido comunista que se encarga de todo (billetes de avión, traslados, etc), no duda en amenazarle con matarle. Una mujer que se dedica a buscar figurantes que acudan a los rancios mítines que este nostálgico del partido monta los fines de semana, en un triste y entrañable intento de demostrar que el partido comunista todavía puede dar mucha guerra.



En este sentido, no resulta menos graciosa la situación que se produce en París, cuando el ruso se encuentra con un antiguo camarada y le propone dar una conferencia para colocar al partido comunista francés de nuevo en su lugar. El camarada francés consigue reunir en el gran auditorio de la sede del partido a unas... ¿veinte personas? Más o menos. La película consigue que estos comunistas acérrimos o esos judíos maltratados nos lleguen a parecer incluso simpáticos en sus pobres intentos de revivir lo invivible.



Podría hablaros de la fiesta gitana, de Sacha, ese inmenso judío que acompaña a Andrei para reunir la orquesta en una destartalada ambulancia (a veces incluso con el enfermo correspondiente dando tumbos en la parte trasera), de esa pareja, padre e hijo, que llegan a París cargados con móviles y caviar con la sana intención de hacer fortuna, del original episodio de “La true Normandie”, un restaurante al que solía acudir el comunista entrañable, reconvertido ahora en un turco, de todos esos rusos que al día siguiente de su llegada ya están trabajando en un taxi o en una empresa de mudanzas, de la extraña y surrealista relación entre el director del teatro del Chatelet y su ayudante, que suele financiar las operaciones con su propio dinero... Y podría, sobre todo, hablaros de la magnífica historia de la violinista, un emotivo episodio que dejo en el aire para obligaros a correr al cine a ver la película.



A algunos puede resultarles un poco larga la escena del concierto final. Uno tiene que tener un cierto aprecio por la música clásica para degustar ese momento. No obstante, la sabiduría del director, con un buen hacer que para sí quisieran otros muchos directores más famosos pero menos capaces, mezcla durante ese concierto de Tchaikovski imágenes tanto del pasado como del futuro, cerrando unos matices y abriendo otros, de forma que la historia queda concluida con toda su perfección.



Una película perfecta, redonda, entrañable, magnífica, que no debería sumirse en absoluto en las oscuras simas del olvido. Si queréis disfrutar de buen cine, de ese que no sólo te hace pasar un buen rato, sino que te da que pensar, no podéis dejar de verla.

lunes 8 de marzo de 2010

Los hombres que miraban fijamente a las cabras

Ya el título prometía. No conocía absolutamente de la película, pero reconozco que me sentí atraído ante una ironía hacia los rimbombantes títulos de la trilogía Millenium. También me atrajo el cartel, con esos rostros de perfil, solemnes... y con la cabra al final.

El resultado superó todas las expectativas. Hacía tiempo que no me reía tanto, y lo que es más, que escuchaba reírse con ganas al resto de la sala. “Los hombres que miraban fijamente a las cabras” es una obra maestra de la sátira, del mejor cine de humor inteligente, en la línea de obras como “Bienvenido Mister Chance”, “Mash” o “El guateque”. Los homenajes a otros títulos conocidos, a la contracultura americana y a esa época de paz y flores que criticó abiertamente la guerra de Vietnam, se unen descaradamente a una soterrada crítica a todo el sistema militar americano.



Ewan McGregor es un periodista sin grandes temas. Tiene la ocasión de conocer a una especie de Leonardo Dantés, que asegura haber pertenecido a un grupo militar especial con superpoderes paranormales. Al principio piensa, lógicamente, que el individuo está como una regadera. Cuando le muestra el video de su hamster, que cae fulminado sin apartar la vista de la rueda giratoria de su jaula, Ewan McGregor parece ver la luz. A partir de ese momento, asistimos con la mandíbula dolorida a fuerza de reír a una inteligente parodia de todo y de todos.



Ewan, abandonado por su mujer, que se enamora de un tipo con un brazo de hierro (la escena de la cena que mantienen los tres es gloriosa), se acerca a Iraq, como quien no quiere la cosa, a encontrarse a sí mismo. Pero a quien encuentra, casi de casualidad, es a George Clooney, que interpreta a un mítico guerrero Jedi entrenado para vencer en la batalla a base de ejercer la paz. Todo tiene su explicación. Las a veces surrealistas de Ewan y George en Iraq se combinan con escenas del pasado, en la que se nos explica, rodeada siempre de un aura de misterio, la historia de ese grupo de guerreros Jedi, fundado por un alucinado Jeff Bridges, siempre prefecto. Después de la visión provocada por un tiro en Vietnam que a punto está de matarle (curioso el dato de que la mayor parte de los soldados apuntan alto cuando se les ordena disparar. La película está llena de afirmaciones de ese tipo, de las cuesta creer la veracidad), Jeff se da cuenta de que sólo se consigue la victoria a través de la paz. Junta a un grupo de marines, y después de intensas sesiones de paz, amor, alucinógenos y baile, funda el grupo de los guerreros jedi.



Sorprende encontrarse con George Clooney con el aspecto que presenta cuando se está entrenando con Jeff Bridges. Pelo largo, bigote... Recuerda más el aspecto que tenía en sus primeras películas (aquella infumable secuela de los “tomates asesinos”) que el de hombre martini que ha causado estragos entre las mujeres de medio mundo. Resulta curiosa la poca importancia que tienen las mujeres en esta película. No hay romances, ni protagonistas femeninas. Las dos únicas que aparecen ni siquiera hablan, y resultan letales para los protagonistas. Una de ellas, vietnamita, le pega un tiro a Jeff Bridges, y la otra abandona al bueno de Ewan. Al salir escuché comentarios de unas cuantas mujeres, que afirmaban entre ellas que la película era absurda y que no tenía ni pies ni cabeza. Nada más lejos de la realidad. Comprendo que resulte duro encontrarse a George Clooney deshaciendo nubes con el poder de su vista mientras conduce por una inhóspita carretera de Irán, en lugar de seduciendo a la rubia de turno, pero os aseguro que, si podéis superar la extraña sensación de contemplar una película en la que no haya un solo romance, pasaréis un rato de lo más divertido.



Las aventuras de George y Ewan en Iraq son dignas de pasar al museo mundial de las situaciones fellinianas. Desde la demostración práctica que hace George, a costa del pobre Ewan, de un chisme que parece sacado de la teletienda (el depredador, un arma letal en manos de un experto jedi), hasta el episodio en la celda de los secuestradores, todo destila un cargamento de sorna inteligente. No falta la crítica despiadada a la política norteamericana, a las razones comerciales que dictan en definitiva las estrategias a seguir.



Poco a poco, Ewan se va convenciendo cada vez más de que George tiene auténticos superpoderes. No es que les resuelvan mucho la vida que se diga, pero son superpoderes al fin y al cabo. Después de deambular por las desérticas carreteras, de que casi les revienten de un bombazo, y de encontrarse a punto de morir a causa del calor y la sed, la pareja llega a un campamento, al parecer clandestino, en el que Kevin Space está realizando unos extraños experimentos con cabras y prisioneros iraquíes. Es de destacar el papel de malo que hace Kevin. Incapaz de destacar en la academia de los soldados pacifistas, envidia abiertamente a George Clooney, que tiene poderes de verdad. Cuando reaparece en el campamento, acoge a los dos perdidos con delirios de gran jefe. Les muestra, por poner un ejemplo, un panfleto que al parecer están difundiendo los disidentes iraquíes entre las tropas estadounidenses, en el que se puede leer “soldados americanos, vuestras mujeres están en vuestra casa, fornicando con Bart Simpson y con Burt Reynolds”. “No se han quebrado mucho la cabeza”, reconoce Kevin. Como ayudante suyo aparece el mismísimo Jeff Bridges, el fundador de todo el tinglado, venido a menos después de un grotesco juicio que terminó con su expulsión del ejército.



Las interpretaciones son buenísimas, el guión, acerado y con ritmo, el ambiente, conseguido, el final, simplemente magnífico. Resulta gratificante asistir a la magnífica interpretación que hace George Clooney de un personaje en apariencia alucinado. Sus argumentos y tics de caballero jedi son realmente graciosos. Ewan parece haber encontrado de nuevo a su maestro Liam Neeson en “La amenaza fantasma”. En una ocasión en la que Jeff Bridges se pega un monumental ostión después de su habitual saludo al sol, declara, “he visto a Thimoty Leary”, refiriéndose al activista hippy encarcelado a causa de sus protestas contra la guerra de Vietnam. En otro momento de solemnidad, Ewan le dice a Clooney “el silencio de las cabras”. Los homenajes cinematográficos y las referencias históricas son innumerables.



Una película entretenida, divertida, inteligente crítica. Todo un placer para los sentidos. Excepto para la cabra, claro.

domingo 28 de febrero de 2010

Agallas

“Agallas”, de los directores Samuel Martín Mateos y Andrés Luque Pérez, es otro de esos escasos ejemplos que demuestran que el cine español no tiene porqué nutrirse únicamente de depresivos dramones en los que se refleje “la insoportable sordidez del alma española” (tipo “La soledad”), de infumables y pretenciosos episodios en los que unos cuantos niñatos que se creen actores, aunque ni siquiera sepan hablar, juegan a hacer de delincuentes más o menos modernillos, o de folclóricas representaciones de ese falso universo almodovariano que se empeña en hacernos volver a la edad de piedra. “Agallas” se limita a contar una buena historia, con una trama muy entretenida, que avanza in crescendo acaparando hasta el final la atención del espectador. Sin otro ánimo que el de hacer buen cine, el plantel de profesionales que se ha juntado para la confección de la película consigue un producto casi perfecto, digno de competir con los mejores trhrillers. Los dos directores llevan muchos años en el mundo de la realización, los actores son magníficos (Carmelo Gómez, interpretando al singular Regueira, se consolida en este título para mi gusto como el mejor actor español del momento), y el redondo guión de Juan Antonio Gil y Javier Echaniz cautiva desde el principio. Con estos mimbres, parecía difícil a priori hacer una película que no resultara cuando menos digna, pero es que “Agallas” es algo más que eso.



Sebastián , un delincuente de chándal y navaja, sale de la cárcel, y lo primero que hace es visitar a su tía para robar el dinero que la pobre mujer esconde en la pata de una banqueta. Hugo Silva borda un personaje muy bien conseguido, tan ambicioso como el protagonista de “El precio del poder” (resulta inevitable pensar en algún momento que Sebastián ha visto esa película en el penal de Ocaña, del que acaba de salir), pero casi al límite de la normalidad mental. Cuando su tío Paco le embarca en un autobús con rumbo a Galicia, tiene la oportunidad de conocer a Regueira, propietario de una industria pesquera que sirve de tapadera a un negocio de tráfico de drogas.



Gracias a una inocente trampa que le tiende a Raúl, el encargado de Regueira, Sebastián empieza a trabajar en “Isolina”, la empresa pesquera. Raúl está interpretado por Celso Bugallo, el de “Los lunes al sol”, un extraordinario actor que debería prodigarse más en nuestro cine. Utilizando al maduro encargado como trampolín, Sebastián consigue finalmente entrar en contacto con Regueira y con su lugarteniente Antonio (Carlo Sante, todo un descubrimiento por mi parte). A partir de ese momento, comienza la subida de Sebastián, y sin que él mismo pueda controlarlo, su destino.



“Agallas” es una película que destila humor negro del más inteligente, suspense, inteligencia, mala leche, juego al despiste, inocencia (representada sobre todo por el pobre Sebastián) y la absoluta falta de escrúpulos de Regueira. Se asemeja bastante a “El precio del poder” en su planteamiento, pero pasado por el tamiz de las mariscadas, el albariño y las angulas. Siempre resulta fascinante la figura del narcotraficante gallego, amigo del buen comer, de la ostentación entre sus paisanos, y amante de su familia, pero si a ese narcotraficante le interpreta además un Carmelo Gómez en estado de gracia (ojalá que nunca se le ocurra a este hombre la peregrina idea de irse a triunfar a Hollywood), obtenemos un personaje digno de recordar.



Sebastián y Regueira representan dos tipos de delincuencia diferentes, dos formas de ver la vida que, aunque a priori parecen similares, resultan en realidad diametralmente opuestas. Sebastián es cutre, desdentado, inculto, medio tonto. Abusa de los que son más débiles que él (su tía, Raúl), pero se acojona cuando alguien le planta cara. Hasta del marido de su tía tiene miedo, el pobre. Quiere llegar a lo más alto, pero no sabe muy bien cuál es el camino. Parece conformarse cuando Regueira le viste de limpio (memorable escena la de su paseo por la calle estilo Tony Manero, con traje nuevo), o con sonreír a los socios de Regueira mientras estos le observan recelosos, sin saber muy bien si están ante un peligroso pistolero o ante un simple cretino. Con su inteligencia patética y carcelaria, no duda en intentar dejar embarazada a la hija de su jefe, para casarse con ella y blindar así de alguna manera su contrato con Regueira. Tampoco duda, para ganarse la confianza de Isolina (el nombre de la hija de Regueira), en amenazar y humillar al pretendiente de ésta, un dentista con sobrepeso que le arregla a Sebas la dentadura por orden del jefe supremo.



Regueira es de otra pasta. Elegante, más o menos educado, de vuelta de todo, con experiencia en casi todo... y sin un solo escrúpulo a la hora de manejar sus negocios y su vida. Las frases que nos regala a los espectadores de vez en cuando son tan profundas y fascinantes como las de Jack Nicholson en “Infiltrados”, de Escorsese. “Más Prozac y menos Balzac”, le dice con cariño a su hija. “Nadie tiene amigos”, a Sebastián. Y la estrella, la frase que a mi juicio debería figurar en cualquier buen tratado de filosofía: “las agallas son importantes, pero a la larga son más importantes las escamas”, también al bueno de Sebastián. Regueira se mueve entre sus socios con desparpajo, con ironía, con carisma. Es sin duda el que controla la situación, el que juega sus cartas cuándo y como le da la gana. Es Regueira el que nos proporciona esas inesperadas sorpresas, a cual más inteligente, que van salpicando la trama hasta el mismo final. Resulta imposible intuir el soberbio desenlace. Al mejor estilo de películas como “Once eleven”, “El golpe” y muchas otras, la trama nos envuelve poco a poco, hasta dejarnos clavados en el asiento con la boca abierta. Nada es lo que parece. Los personajes más anodinos pueden resultar importantes en esa cortina de codicia y falta de escrúpulos que envuelve a Sebastián sin que el pobre sea capaz de enterarse de nada.



Dos delincuentes diferentes, dos generaciones de actores para cada uno de ellos. Carmelo Gómez, impresionante, Hugo Silva, en el buen camino. Cine español que no lo parece, a tenor de lo que suelen ensalzar los despistados popes de la academia. Una película tan digna, o incluso más para mi gusto, que la tan aclamada “Celda 211”. Un canto a la esperanza, a esa esperanza que mantenemos viva unos cuantos espectadores que no comulgamos con la mediocridad creativa que suele desplegarse en nuestro cine. Queremos más películas como “Agallas”, como “Celda 211”, como “El otro lado de la cama” (para que nadie piense que sólo disfruto con películas de delincuentes). Queremos películas como ésta, que sean capaces de recuperar esa ironía que destilaban las películas del mejor Berlanga (“El verdugo”, “Calabuch”...), que se mantengan desnudas de pretensiones políticas, morales o revanchistas. Películas, simplemente, que nos hagan disfrutar de una sesión de buen cine, y que, cuando acaben, nos hagan sonreír y decirnos a nosotros mismos “que bien me lo he pasado, cuanto me he reído, y qué poco me esperaba este magnífico final”. “Agallas” es precisamente un digno representante de este tipo de películas. Os la recomiendo encarecidamente.