viernes 4 de diciembre de 2009

Anticristo, de Lars Von Trier


Definitivamente, a este buen hombre se le ha ido completamente la olla. Es una lástima, pero desde su atalaya de director de culto, cada vez se muestra más aburrido, más insufrible, más pretendidamente trasgresor, cuando lo cierto es que aburre hasta a las ovejas.
Partiendo de una escena en apariencia dura, la muerte de un niño que se mata al caer desde una ventana mientras sus padres hacen el amor, el amigo Lars pergueña un infumable recorrido por la zona más castigada de la mente humana. Digo que la primera escena es en apariencia dura, porque la innegable tragedia que supone la muerte de un niño, algo que difícilmente soy capaz de soportar en el cine, se convierte en parodia bajo el filtro absurdo del delirante director. No viene a cuento en absoluto la cámara lenta, ni la suave y melosa música clásica elegida. En su deseo de epatar a ultranza, único motor de un director que empezó con fuerza y se ha ido desinflando con los años, lo único que consigue Lars Von Trier es desbarrar, hasta el punto de que sus personajes nos resulten falsos, fríos, absurdos y egocéntricos, fieles reflejos probablemente de la personalidad de su creador.
Pesadez, somnolencia, aburrimiento, sopor... Esas son las sensaciones que tuve con “Anticristo”. Personajes feos, entornos feos, paisajes feos, decadencia, depresión, asco a veces (en una ocasión concreta, hacia el final) y una continua sensación de estar perdiendo el tiempo miserablemente. Ese fue el resultado. Había escuchado reseñas en la radio, y leído críticas en revistas especializadas. “La nueva y perturbadora película del siempre polémico Lars Von Trier, con fuertes escenas entre las que destaca una eyaculación de sangre y el corte con tijeras de un clítoris”. No os dejéis engañar, amigos. No merece la pena. Si lo que buscaba Lars era escandalizar, podía haber grabado directamente las dos escenas mencionadas en un corto de apenas un minuto, porque ciertamente es lo único reseñable que tiene la película. Nada más. El resto es pura bazofia. Y tampoco escandaliza mucho, a estas alturas, que alguien eyacule sangre después de que le hayan golpeado salvajemente sus partes con un trozo de madera. Porque esa es la razón, no elucubréis con el pretendido sadismo que algunos han esgrimido como razón de ser de la película. A la mujer de Willem Dafoe se le va la olla, probablemente en la misma medida en que se le ha ido al director, y golpea a su marido con un trozo de madera, antes de atravesarle la pierna con el eje de una rueda de afilar mientras está inconsciente.
No hay transición, ni razón de ser, ni trayectoria mental alguna, ¿para qué, si es el divino Lars quien dirige? Me imagino a Lars diciéndole a su guionista, o a su productor, o a quien narices sea “oye, tú, que ya han pasado cuatro capítulos de película, y todavía no hemos epatado”. “Es verdad -responde el aludido-. Vamos a hacer que a la chica se le crucen los cables de repente”. Y así sucede, hasta el punto de que la buena mujer coge unas tijeras enormes, convenientemente oxidadas, y se rebana el clítoris ante nuestros ojos, que con un poco de suerte estaban abiertos todavía ante el infumable espectáculo. ¿A cuento de qué viene semejante despropósito? Bueeeeno... parece ser que la mujer vio que el niño se iba a caer de la ventana, y no hizo nada, probablemente obnubilada ante las artes amatorias del siempre fascinante William Defoe.
Al amigo Lars se le ve el plumero. Bebe de aquí y de allí, con la intención siempre de escanadalizar. Mata a los niños sin ningún pudor (ya lo hizo en “Dogville”, otra ocasión en la que no me importó nada), utiliza a actores mediocres (en mi vida me había tropezado con una mujer tan gris como Charlotte Gainsbourgh), cuyo único mérito es el de haber participado en alguna ocasión en alguna película polémica (me refiero a “la ültima tentación de Cristo”), se sirve de escenas de otros géneros que se cachondean de sí mismos, como el gore (género que se puede considerar respetable por esa razón), tratando de revestirlo, en su caso, de sesuda introspección a la mente humana, titula su gran parida de una forma que haga ponerse alerta a los de siempre (¿A cuento de qué, “Anticristo?)... Una serie de despropósitos, en definitiva, del que se considera a sí mismo el mejor director del mundo, como ya ha proclamado en alguna ocasión sin ningún pudor.
Signos. Signos extraños, siempre, para buscar ese poso enigmático e intelectualoide que epata en las pantallas de festivales tan pretenciosos como el de Cannes... Estoy harto de tanta imbecilidad, os lo aseguro. Me duele que, después de perpetrar una parida de ese calado, este paladín del modernismo se permita el lujo de posar, sonriente y vestido de smoking, de pie en la alfombra roja. El pase de su delirio, fruto sin duda de una indigestión de patatas (sin saber muy bien la razón, me imagino a Lars Von Trier como un comedor compulsivo de patatas cocidas), provocó en el festival aplausos encendidos y abucheos incontrolados. Precisamente lo que eleva a la quinta potencia el egocentrismo de este buen hombre. Hay que estar a su lado o contra él, pero siempre de una manera encendida. Eso es lo que le gusta.
Siento una pena enorme y un gran dolor al confesar que lo único que provocó “Anticristo” en mi estado de ánimo, fue una profunda e inevitable somnolencia

miércoles 25 de noviembre de 2009

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina


Cuando salió la primera entrega, en libro, no me podía creer que una simple trama policíaca con distorsionadas pinceladas de tinte político pudiera ocupar más de quinientas páginas. En esas estaba, valorando la posibilidad o no de leerla (no soporto los ladrillos, lo siento), cuando salió la segunda entrega, tan densa o más que la primera. Fue entonces cuando tomé la decisión, no sé si equivocada o no, de no leerla. Al recabar opiniones al respecto, estas variaban de un extremo a otro. Sin término medio. Unos se entusiasmaban con las aventuras de Lisbeth Salander, y otros la odiaban hasta la muerte. Curiosamente, a la gente que solía leer mucho, le parecía una novela policíaca más,incluso algo insulsa. A los que solían leer poco, les entusiasmaba. Nada del otro mundo, y nada que me decidiera por fin a coger el ladrillo y tragármelo. Así que lo dejé, esperando la inevitable película.
Vi “Los hombres que no amaban a las mujeres”, y me gustó. No me preguntéis porqué, pero me gustó. Soy consciente de que los suecos han descubierto que hay algo más allá de Bergman, pero es que eso es algo que sabemos los demás mortales desde tiempo inmemorial. La trama recuerda muchas situaciones ya vistas, desde “Tesis” (inevitable pensar en la película de Amenabar en las escenas finales) hasta “Odessa”, pasando por “el silencio de los corderos” y otras muchas. ¿Qué fue lo que me gustó entonces, hasta el punto de empujarme a ver la segunda parte, “la chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”? No fui capaz de definirlo en aquella ocasión.
A los pocos días de ver la segunda parte, cayó en mis manos la revista que el Corte Inglés dedica a los lanzamientos en DVD, Devídeo. Concretamente, el número de Noviembre. Confieso que me sentí atraído por la portada, en la que aparecía Lisbeth Salander embutida en su sudadera, con la capucha puesta. No me negaréis que es muy posible que no exista algo tan insustancial y superficial como una revista dedicada a promocionar un producto, como es el caso. Pues bien, amigos, en el interior de ese panfleto, se encontraba la clave al porqué de mi atracción hacia la saga Millennium. Resulta a veces positiva esa voracidad que tenemos algunos por leer hasta los prospectos de las medicinas. A veces te encuentras joyas en los lugares más inesperados.
Resulta que Noomi Rapace, la actriz que encarna a la heroína de Millennium, es de padre español (ya me extrañaba a mí un pelo tan moreno), y en la entrevista que aparece en Devideo, se explaya a gusto, a costa de la Suecia que describen tanto Larsson como Henning Mankell en sus novelas. Noomi nos viene a decir que debajo de la imagen confortable, maravillosa y feliz que se suele tener de Suecia, existe otra Suecia en la que la gente no está acostumbrada a decir lo que piensa, y eso crea conflictos, según Noomi. Vivir en conflicto crea pequeñas bombas de relojería que pueden estallar en cualquier momento. La gente no discute en la calle, las familias no se dicen las verdades a la cara... En Suecia hay leyes para la igualdad entre hombre y mujer, pero también hay machismo, racismo, violencia, mujeres maltratadas, violaciones... Lo que ocurre es que de eso no se habla, y por lo tanto, no existe. Después se explaya diciendo que en la zona mediterránea se lleva mejor este asunto con la gente gritando por la calle y las familias diciéndose las verdades a la cara cada dos por tres. Algo con lo que tampoco estoy muy de acuerdo, pero bueno. No creo que sean positivas ni tanta frialdad, ni tanta sangre caliente.
Así de contundente me marcó la buena de Noomi Rapace la razón por la que me habían gustado las dos entregas de “Millennium”. Esa es la clave. En las dos películas se destila un ambiente de frialdad en los personajes, incluso en la pareja protagonista, que pone los pelos de punta. Frialdad de carácter, unida a un frío físico alimentado por la nieve, la lluvia y la oscuridad que presiden casi todas las escenas.
De la primera parte me fascinó también ese pasado nazi que ni remotamente había supuesto yo que tuviera Suecia. Se habla siempre de Polonia, de Francia, de Rusia, de Austria, pero ¿alguno de vosotros había sospechado siquiera que también hubo nazis en Suecia? De Suecia conocíamos las rubias espectaculares, el premio Nobel, y para de contar. Ese es el gran atractivo, al menos según mi criterio, de la trilogía de Larsson. Nos muestra Suecia, en resumen, un país del que apenas tenemos conocimiento, desde una perspectiva que urga en las miserias de una sociedad aparentemente acomodada, que guarda en su seno sin embargo innumerables fantasmas.
La segunda parte es tan válida o incluso más que la primera. En ella no existe un caso concreto que resolver. Se centra casi exclusivamente en el personaje de Lisbeth, que vuelve a Estocolmo después de haberse gastado una verdadera fortuna en el extranjero. Por diversos avatares del destino que no vienen al caso (nunca me han gustado las casualidades), su padre, al que de niña roció con un bidón de gasolina y le prendió fuego porque había golpeado a su madre (no creo que a estas alturas revele algo que no debería ser revelado), está implicado en una trama de compraventa de mujeres, en la que casualmente está implicado también el tutor de Lisbeth, ese abogado sádico y enfermo, vestido de gentleman, que aparece también en la primera parte.
No voy a contar ni la trama ni el desenlace, pero sí lo que más me impresionó de toda la película. Resulta escalofriante hasta decir basta, por su frialdad, su crueldad, su desarrollo y su desenlace, el encuentro de Lisbeth con su padre y con su “hermanito”, un gigante descerebrado de pelo blanco, que tiene una enfermedad llamada “analgesia congénita”, o algo así, que le impide sentir el más mínimo dolor, aunque le apliquen una descarga eléctrica de alto voltaje en los mismos testículos. Es espeluznante la relación familiar de estos tres angelitos. Sólo por esas escenas, merece la pena ver la película entera.
Una buena película, en definitiva, que nos hace pensar que el cine sueco está despertando de su letargo habitual.

sábado 16 de mayo de 2009

Angeles y demonios


Si algo hay que agradecerle a la última adaptación al cine de una novela de Dan Brown, "Angeles y demonios", dirigida por Ron Howard y protagonizada por un semi-congelado Tom Hanks (nada que ver con el encantador protagonista de "La terminal", por poner un ejemplo), es que se ha cambiado completamente el surrealista e inafantiloide final del libro, en el que aparecía el camarlengo dando saltos absurdos de un lado a otro del Vaticano, y el bueno de Langdon salvándose de una muerte segura planeando agarrado a una chapa del helicóptero que coge con el camarlengo. Y eso es lo único que hay que agradecerle, porque todo lo demás es pura pretensión de gran película sin ningún fundamento.


Que Dan Brown es un pésimo escritor quedó ya demostrado en "El código Da Vinci", otra ocasión en la que la película eliminó o cambió algunos aspectos del libro que resultaban absurdos. En esta ocasión, la película se basa en un libro que se escribió con anterioridad, y que, por tanto, está todavía peor escrito si cabe. Estamos ante una de esas raras ocasiones en las que la película supera al libro, si bien no deja de ser una aventurilla más o menos entretenida, y nada más que eso. Existen miles de películas del mismo corte tanto o más dignas que la que nos ocupa. Toda la saga de "La búsqueda", por ejemplo, o las del bueno de Bourne, sin ir más lejos, disponen de más elementos que "Angeles y demonios" para entretener al espectador. Los personajes son planos, sin fondo, sin matices, o muy buenos o muy malos, como acostumbra a mostrar Brown en todo lo que hace. Basar el atractivo de una película en la supuesta diferencia lingüística de sus protagonistas, resulta cuando menos absurdo. El único que habla un castellano perfecto es Langdon, si bien lo que dice la mayoría de las veces carece de interés. Más interesado en mostrar cada dos minutos su ambigüedad ante la iglesia, el supuesto detective triunfa, y se toma la correspondiente taza de café del final con la guapa protagonista (que se parece incluso a la Tatou del código), después de haber evitado la muerte de uno solo de los cuatro cardenales secuestrados por el psicópata de turno. Todo un éxito, vaya.


A los que conocemos Roma nos resultaba muy complicado entender que los trayectos que se realizaban en la película tardaran tanto en realizarse, sobre todo si tenemos en cuenta que la cruz que se marca en el mapa abarca una zona no más grande que el barrio de Salamanca, y que dichos trayectos se realizan con toda la parafernalia de coches de policía, sirenas y todos esos elementos que hacen que el psicópata de turno sepa en todo momento por dónde andan sus perseguidores. Se hace insufrible la escena de la Plaza Nabona, cuando en un supremo esfuerzo, el bueno de la peli salva de ahogarse al último cardenal. Os juro que ni los romanos son tan lentos en reaccionar, ni la fuente es tan profunda como aparece en la película.


El secreto del éxito de las bazofias de este hombre consiste en meterse de cabeza en instituciones de las que se consideran, cuando menos, delicadas. El Vaticano, por ejemplo. Se mueve por él con la misma soltura que nosotros por la puerta del sol. Resulta curioso observar a la manada de ovejas esperando en la Plaza de San Pedro, durante Dios sabe cuanto tiempo (en teoría un día, pero muy largo, a juzgar por las fumatas que se producen), mientras unos cuantos cerebros mundiales, que hablan como si fueran rusos, recorren la ciudad de un lado a otro exponiendo eruditas teorías y llegando siempre tarde a los sitios.


Resulta increíble, y eso ocurre también en el libro, que el malo de la película sea precisamente el que dé las pautas para localizar la correspondiente bomba, compuesta en esta ocasión de antimateria, y el que levante la lápida del papa para comprobar que ha sido asesinado. !!Pero cacho imbécil, si lo has matado tú, cállate, coño, no te descubras!!. Resulta también un recurso mediocre intentar confundir al espectador haciendo aparecer al jefe de la guardia suiza como el líder de los Illuminati (!!pobre Stellan Skasgard!!. Con lo agusto que estaba con su amigo Lars Von Trier...).


Una película mediocre, que producirá su cierta dosis de polémica por meterse supuestamente con algunos aspectos de la iglesia, y que en muchas de sus escenas recuerda a "Las sandalias del pescador", sobre todo en las intervenciones de los periodistas que emiten para sus televisiones los acontecimientos, y en todas las escenas referidas al cónclave de los cardenales. Una película menor, entretenida, pero nada más, y que en cualquier caso, no nos aporta nada nuevo.


En serio, si habéis leído el libro, no merece la pena que veáis la película, y si no lo habéis hecho, tampoco. Hay otros muchos títulos más interesantes, os lo aseguro.

domingo 25 de mayo de 2008

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal



A pesar de no ser uno de mis héroes cinematográficos preferidos, entre otros motivos porque soy incapaz de recordar los títulos de sus películas (excepto la primera, y para mi la única, “en busca del arca perdida”), tengo que reconocer que la última entrega del amigo Indiana me ha gustado bastante, por muchas y variadas razones, que paso a detallaros a continuación:

No sé porqué, pero me da la sensación de que el famoso arqueólogo me parece más humano en esta entrega que en las otras. Posiblemente sea por las continuas referencias a su edad, a su mucha edad, mejor dicho, que le brindan tanto su hijo, interpretado por Shia LaBeouf, como su amigo como su esposa, la siempre fascinante y eternamente joven Karen Allen. Indi se toma sus propias torpezas con bastante sentido del humor. Se ríe de sí mismo cuando falla en un salto, se toma con auténtica filosofía las alusiones a su alta graduación (excepto cuando el torpe del hijo le pregunta si tiene ochenta años), comete errores, sigue teniendo un pánico exacerbado a las serpientes, aunque sean inofensivas y se utilicen para salvarle la vida... Un personaje más cercano a nosotros, a pesar de que las canas le han dotado sin duda de una gran sabiduría y experiencia.

En este sentido, también resulta simpático el hijo de Indi, ese chulo inmisericorde que moja su peine en la coca-cola del lechuguino de la mesa de al lado sin cortarse ni un solo pelo de su abundante tupé. Shia LaBeouf parece más a gusto actuando bajo la batuta de papá Spielberg que cuando perpetró ese crimen contra la audiencia titulado “Transformers”. Resultan gloriosas las escenas en el cementerio peruano, situado sobre la llanura de Nazca, en la que el pobre muchacho pasa tanto miedo, que su padre se recrea y disfruta por primera vez desde que le conoce. Las escenas con el peine y con la navaja son dignas de figurar en una antología mundial de canallitas simpáticos.

Me gustaron mucho también los pequeños guiños a los amantes del cine. La nave del principio recuerda a la del final de “Ciudadano Kane”, la primera aparición del hijo de Indi es idéntica a la imagen de Marlon Brando en “El salvaje”, las hormigas gigantes calcan escenas de “Cuando ruge la marabunta”... Seguro que hay muchos más que no recuerdo en este momento, aunque no cabe duda de que hasta el marciano imantado que roban del gigantesco hangar ha salido ya en muchos títulos.

Pero tengo que reconocer, amigos, que lo que más me gustó de toda la cinta fue, sin ninguna duda, un personaje, que posiblemente se grabe para los restos en mi desquiciado cerebro, y me empuje incluso a volverme ese friki que nunca he querido ser. Me refiero, y posiblemente más de uno lo haya adivinado, al personaje de Irina Spalko, interpretado por una Cate Blanchett en el que posiblemente constituya el papel cumbre de toda su carrera. No puedo describir las sensaciones que esta mujer despertaba en mi alma cada vez que su fascinante presencia llenaba la pantalla. No soy capaz de recordar a ningún archienemigo de Indi tan profundamente sugerente como esta fanática soviética enamorada de la parapsicología. Su mirada, su pelo corto y moreno, sus felinos movimientos, su forma de hablar... Amigos, una mujer así es capaz de llevarnos a los más insondables y profundos abismos del infierno con solo chasquear los dedos.
Siempre me ha gustado esta actriz. He seguido su trayectoria casi desde los comienzos, pasando luego por títulos como “Atando cabos” o “Elizabeth”, hasta llegar a joyas como “El buen alemán”, “Babel” (sin duda lo mejor de la película) o “Cofee and cigarettes”, pero estoy convencido, y lo proclamo a los cuatro vientos, que le va a costar mucho a esta mujer superar su papel de Irina Spalko.

En fin, un par de horas de buen entretenimiento, salpicado con esas teorías sobre nuestros orígenes extraterrestres que tanto nos fascinan, bien contada, con un ritmo siempre trepidante y con un final que recuerda bastante a la de “La búsqueda 2”, pero bastante mejor resuelto.

Se me olvidaba: un sentido chapeau también para el siempre magistral John Hurt, que interpreta como ningún otro podía haberlo hecho al demente Harold Oxley. Este hombre se las ha apañado siempre para participar en grandes títulos. Pocos, pero escogidos. Su presencia añade siempre un valor suplementario al producto en el que participe. Se está convirtiendo a todas luces en un actor con mayúsculas, de los que ya caso no quedan.

sábado 15 de marzo de 2008

Michael Clayton


Michael Clayton (George Clooney) es el típico bombero de un afamado bufete de Nueva York. Su trabajo consiste en hacer de chacha de los clientes importantes y en solucionar los asuntos más oscuros. No es abogado, pero sabe de leyes, y con eso le basta. Su amigo, Arthur, interpretado por Tom Wilkinson (Full Monty), pierde la cabeza al descubrir que una gran compañía a la que defiende el bufete para el que trabaja está provocando cáncer con sus productos para agricultura.


Después de un inicio prácticamente inentendible, la acción se desboca para mostrarnos los tejemanejes de una enigmática adjunta a la presidencia de la compañía, Karen Crowder (magistralmente interpretada por una inquietante Tilda Swinton, enigmática actriz, a mi juicio, que después de interpretar a la bruja mala de Narnia parece estar especializándose en papeles de femme fatale), que no duda en recurrir a las bajezas más rastreras para conseguir sus objetivos, a priori tan miserables como el hecho de conseguir la palmadita en la espalda y el hipotético respeto de su jefe, un sujeto engordado y títere que al parecer no se está enterando de nada.


Tan soberbia es la interpretación de Clooney como la del resto de los protagonistas de la película. Quiero destacar en este sentido la interpretación de Sidney Pollack, en el papel de Marty Bach, el jefe de George Clooney, con esa ambiguedad que muestra ante la salida del tiesto de Arthur, el amigo de Clooney, un veterano de la compañía. Marty le aprecia como el antiguo empleado que es, pero también reconoce que se debe a la compañía contaminadora, que es la que realmente le paga. En este sentido, Clooney se define más concretamente, tomando partido cuando tiene que tomarlo ante la situación límite de apoyar a Arthur o defender los intereses de la compañía.


Si tuviera que destacar dos escenas, totalmente complementarias, destacaría los dos encuentros, a cara de perro, entre Michael Clayton y Karen Crowder. Una alternancia de poder que hiela la sangre.


Sin duda una más que recomendable película. Me recordó a Erin Brokowich, la historia real de una abogada interpretada por Julia Roberts. El subgénero de las grandes compañías aparentemente invulnerables todavía da mucho juego en el cine. Lástima que en la vida real no se produzcan de vez en cuando estas peleas entre David y Goliath.

Babel

Escribo esta sinopsis con la sana intención de que, quien la lea, tome conciencia de que no me debe decir en ningún momento, si es que se cruza en mi camino, que esta película es comparable, o incluso mejor, que la excelente "Crash". Nada más lejos de la realidad, en lo que a mi criterio al menos se refiere. "Babel" no le llega a "Crash" ni a la suela de los zapatos, así que, por favor, seamos sensatos a la hora de comparar una película con otra que supuestamente se le parece.




Partiendo de un hecho totalmente fortuito, quizá la parte más lograda de la película, se desencadenan una serie de acontecimientos, presuntamente relacionados entre si, destinados a mostrar únicamente que el tercer mundo es cada vez más amplio que el primer mundo, que los habitantes del tercer mundo pueden estar agradecidos por disfrutar del enorme privilegio de servir a los habitantes del primer mundo y que, de tan buenos e inocentes como son, resultan en realidad medio idiotas comparados con los superinteligentes, superimportantes y superdelicados ciudadanos del primer mundo.




Para demostrarnos todo esto, Iñárritu nos cuenta tres historias paralelas, con esos saltos en el tiempo que tanto le gustan, y con esos paisajes áridos, monótonos y fríos con los que al parecer disfruta también.




La estúpida peripecia de la criada mexicana de Brad Pitt y Cate Blanchett, que se lleva a los dos hijos del matrimonio a la boda de uno de sus sobrinos que se celebra al otro lado de la frontera, denota el miedo y la dependencia de ese tercer mundo con respecto al primero, y el peligro que implica abandonar, aunque solo sea durante un corto periodo de tiempo, la frágil seguridad que proporciona el tan ansiado modo de vida americano. Un castigo desmesurado ante un pequeñísimo pecado. Un castigo ante el que el matrimonio americano no mueve ni siquiera un dedo, a pesar de deberle su salvación a un miembro de otro tercer mundo situado al otro lado del oceano, devuelve a la inocente criada al triste lugar del que procede, sin posibilidad de vuelta atrás. Podía haber sido, amiga, pero, al haber puesto en peligro a dos miembros del primer mundo, y encima niños, no podemos confiarte de nuevo la custodia de nuestros cachorros. Hay más de doscientas dispuestas a ocupar tu lugar por cuatro duros.




Incomprensible la aventura de la adolescente japonesa muda, hija del propietario del arma que desencadena la locura, quien al parecer se la había regalado a un pastor de cabras marroquí en uno de sus viajes de acaudalado cazador. Un capítulo absurdo, patético y sujeto a múltiples interpretaciones. Una historia que no se resuelve. Los comentarios de los espectadores, una vez finalizada la película, encaminados a intentar explicar las posibles razones de las tendencias suicidas de la chica japonesa, resultaban de lo más variopintos. Comentarios que, sin embargo, eran incapaces de elucubrar la naturaleza del posible contenido de la nota que la muda le pasa al policía.




La perversidad del primer mundo frente a la inocencia y servilismo del tercero se refleja con la actitud de los turistas que acompañan a Brad Pitt y a su mujer en su aventura vital. Unos turistas egoístas, insolidarios, impacientes, horteras y, por supuesto, cobardes, que ven terroristas islámicos hasta por debajo de las piedras y que, curiosamente, no son estadounidenses, sino europeos. Unos dignos representantes de esa estirpe de turistas que pretenden visitar países con la misma seguridad y garantías de las que disfrutarían en un parque temático. Un tema manido, que debería provocar la vergüenza de pertenecer al primer mundo, en el caso de que los espectadores tuvieran la clara conciencia, no reflejada en la película salvo para los habitantes de Estados Unidos o Japón, de pertenecer a ese primer mundo.




En definitiva: malos muy malos y buenos muy tontos. Justamente lo contrario que reflejaba "Crash", en la que el principal mensaje, magistralmente transmitido, consiste precisamente en demostrar que ni los malos son tan malos ni los buenos tan buenos, que existen matices y tonos grises en todos los órdenes de la vida. Una película de la que lo único que destaco es la banda sonora de Gustavo Santaolaya. Del resto, aún a riesgo de sufrir la excomulgación de la mayor parte de la opinión pública, no salvaría absolutamente nada.

jueves 13 de marzo de 2008

American beauty


Prodigiosa opera prima de Sam Mendes, American beauty nos demuestra una vez más que, si bien los norteamericanos suelen ser medio estúpidos, tienen una envidiable capacidad para reírse de sí mismos, y que pueden llegar a aceptar la crítica hasta el punto de otorgarle al supuesto ataque cinco oscars de la academia.American Beauty es un ataque frontal, cínico y certero al "American Way of life", a una forma de vida en la que es más importante un sofá italiano que la moralidad y felicidad de una familia. Tres personajes de la clase media alta muestran al exterior la mejor de sus sonrisas mientras que se despellejan mutuamente en el interior de las lujosas cuatro paredes de su vivienda, idéntica al resto de viviendas que la rodean.


Personajes satélites de este drama demuestran también que no son los únicos desestructurados, que existen otras personas igualmente afectadas por el virus de la superficialidad.Lester Burnham (soberbio Kevin Spacey), en plena crisis de los cuarenta, nos resume magistralmente al principio de la película la sensación que tiene de lo rutinaria y aparentemente perfecta vida: "aquí me tienen, cascándomela en la ducha. A partir de aquí, todo empieza a ir mal". Al conocer a una amiga y compañera de colegio de su hija adolescente, decide salir de su hata entonces pereza vital con el firme propósito de ligársela. Abandona su trabajo (provoca más bien que le despidan con una buena indemnización) y se mete a trabajar, sin complejos, como vendedor de hamburguesas. En ese sentido resulta patética la escena en la que el jefe de personal de la hamburgueseria, veinte años más joven que el, revisa su expediente con cara de incredulidad antes de contratarle.


Paralelamente a la historia de Burnham, su hija conoce en el colegio a un joven, vecino suyo, que vende marihuana para poder pagarse su cara afición a las grabaciones de video y a los equipos audiovisuales de última generación. Los padres de este joven son un marine retirado de paranoica psicología, y una madre cuyo cerebro parece desarrollar menos actividad que cualquier vegetal.


La esposa de Burnham, una guapa mujer perfeccionista, hiperactiva y obsesionada con su trabajo (vendedora de casas), muy bien interpretada por Annete Bening, le da más importancia al mobiliario de su casa y a la aparente sensación de bienestar que a mantener el equilibrio y la salud mental de su desquiciada familia. Siempre en una búsqueda histérica del triunfo, no duda en embarcarse en una más que dudosa aventura con el prototipo de vendedor ideal, presente en todos los catálogos locales de venta de casas como el mayor exponente de la virtud inmobiliaria. Sin importarle en absoluto la repentina crisis de su marido, vive su romance con la misma superficialidad con la que se toma el resto de las cosas.


Ni siquiera la amiga de la hija de Burnham, interpretada por una prometedora Mena Suvari, resulta ser la aparentemente devoradora de hombres que se instala fuertemente en el desquiciado cerebro de Lester. Destaca la escena en el que el novio de la hija de Lester la desploma sin compasión de su pedestal de princesa, con una crítica demoledora dirigida a su persona y a su forma de actuar. Imitada también en muchas ocasiones la escena de las evoluciones de la chica, desnuda, en un lecho de pétalos de rosa. Todo un símbolo de nuestro tiempo.


Nada resulta ser lo que parece, por tanto, en esta mordaz, trágica y cortante crítica a los sacrosantos pilares de un estilo de vida que alaba la superficialidad y la rutina por encima de las relaciones familiares y humanas. Una película que muestra sin ningún respeto la podredumbre que se oculta por debajo de una plastificada sensación de bienestar, tan falsa y efímera como esa bolsa de plástico que vuela de forma errática, dejándose llevar por los acontecimientos, en una de las mejores escenas filmadas por el novio de Thora Birch, la hija de Lester.


La maravillosa banda sonora compuesta por thomas Newman contribuye acertadamente a convertir a "American Beauty" en un icono de buen cine. Una película que sin duda se convertirá con el tiempo en una referencia de culto.