De la mano de Spike Jonze nos llega esta singular película
de más de dos horas de duración que, gracias al tempo, a un guión sólido, con
momentos de verdadera genialidad, y a las novedades que aporta, se nos pasa en
un suspiro.
La historia transcurre en un futuro más o menos lejano, en
una ciudad que a veces parece irreal, llena de colores pastelosos y ambientes
asépticos, en la que la gente camina aislada, hablando o mirando sus teléfonos
y sus gadgets preferidos. Theodore, (Joaquín Phoenix), un hombre de mirada
melancólica, con un trabajo y una vida melancólicos (escribe cartas
sentimentales a mano para sus clientes y navega en medio de un proceso de
divorcio) adquiere un sistema operativo basado en la inteligencia artificial, que
va aprendiendo y evolucionando con la persona que lo utiliza. En la primera
sesión, Theo elige, de forma casi impremeditada, que el sexo del sistema sea
femenino. Comienza así una curiosa relación, entre un hombre que a veces parece
una máquina y un ordenador que cada vez parece más mujer. Samantha, que así ha
elegido llamarse el sistema (en una graciosa escena en la que Theo le dice que
tiene que tener un nombre y ella contesta “Samantha” al instante, tras analizar
ciento ochenta mil nombres en dos décimas de segundo), evoluciona a pasos
agigantados, captando lo mejor y lo peor del complicado entramado emocional de
un ser humano. Sus conversaciones con Theo son cada vez más profundas. Es inevitable
que los dos se enamoren.
Cuando vimos el tráiler y leímos la trama, la cosa se quedó
ahí. “Un hombre que se enamora de una máquina”, y ya está. Las perspectivas no
eran muy halagüeñas para decidirnos a ir a verla, entre otras razones porque a
mi santa le cae el Joaquín Phoenix como una patada en los mismísimos. Al final
la hemos visto, y nos ha encantado. La película es más, mucho más, que la
curiosa relación entre un hombre y una máquina. Nos habla de sentimientos, de
emociones cambiantes, de la fragilidad de la mente humana, capaz de enamorarse
y estar enamorada durante ocho años y desenamorarse en un instante (“el amor es
una disfunción psicológica socialmente aceptada”, dice la amiga de Theo, una
Amy Adams increíble). Nos habla de recuerdos, de ensoñaciones, de la importancia que para nosotros tiene el
pasado, “que no es más que una bella historia que nos contamos a nosotros
mismos”. Y todo ello en un ambiente perfectamente conseguido, intimista, entre
romántico e hipnotizador.
La música ayuda mucho a crear una atmósfera sugerente. Salvo
alguna escena concreta hacia la mitad del tercer tercio de la película, que se
hace un poco lenta, el resto transcurre con fluidez gracias a todos los
ingredientes convenientemente mezclados.
Bajo mi punto de vista la película no es clasificable, lo
que la hace realmente grande. Podría decirse que es de ciencia ficción, o de
drama psicológico, o de comedia romántica, o comedia a secas o incluso
romántica a secas, pero pertenece a cada uno de esos géneros, y a todos al
mismo tiempo. Te da que pensar, y disfrutar de los innumerables momentos de
genialidad que muestra. Resultan inolvidables los episodios en los que Theo
juega en su casa a un videojuego en el que parece un niño azul, cabezón y
malhablado, que despierta las risotadas inevitables de los espectadores, o el
videojuego de la “madre coraje” en el que trabaja Amy Adams. Resultan
entrañables las cartas que escribe, teóricamente a mano pero en realidad en el
ordenador, para clientes que contratan los servicios de su empresa para
transmitir sentimientos a sus parientes más cercanos.
Una película altamente recomendable que no dejará
indiferente a nadie, tanto por su trama principal como por todo lo que la
rodea.


















