domingo, 7 de febrero de 2010

En tierra hostil

El asunto prometía. Cuando fui a verla, ya sabía que “En tierra hostil” había sido nominada a nueve oscars, al igual que “Avatar”, su digna rival en la alfombra roja. Asistí a la proyección pendiente de todas las nominaciones que recordaba. ¿Mejor película? “Ya veremos”, pensaba. ¿Mejor actor? ¿Cuál de ellos? Bajo mi punto de vista, ninguno destacaba sobre los demás. Ese estilo de rodaje estilo documental no permite precisamente que se luzcan las buenas formas de hacer de un determinado actor. Deliberadamente se pretende, con ese estilo de rodaje, que los personajes parezcan reales, y de hecho se consigue bastante bien. Nada que ver la actuación de Jeremy Retner, el artificiero suicida, con la de Robert Downey Jr en Sherlock Holmes, por poner un ejemplo de actor injustamente no nominado.



¿Nueve oscars? Hacia la mitad de la película ya pensaba que lo cierto es que de momento no se justificaba ninguno de ellos. Sin ser mala, no dejaba de ser, a mi parecer, otro panfleto bélico de esos que nos regalan de vez en cuando los americanos. Comprendo que la película suba la adrenalina de los fanáticos de Call of duty, porque en muchas ocasiones recuerda a ese juego. Sobre todo en esas ocasiones en las que se dispara y se mata a algún enemigo sin que ni siquiera se le vea la cara, algo que siempre me ha puesto nervioso. El no conocer la naturaleza del elemento contra el que se dispara, hace que el hecho de disparar no importe nada.



En esas estaba, cada vez más alucinado. No terminaba de comprender el sentido de la película. Un grupo de artificieros, a cuyos miembros les quedan pocos días para volver a casa. Uno de ellos ha sustituido al personaje encarnado por Guy Pearce, reventado por un bombazo al principio de la película (buen recurso de la directora, lo reconozco. Nadie espera que un actor de esa categoría muera al principio. Algo parecido a lo que sucede con Ralph Fiennes, que también muere casi nada más aparecer). El nuevo artificiero parece un paranoico al que no le importa en absoluto exponerse a los peligros de una explosión. Se arriesga continuamente, lo que provoca la lógica ira de sus compañeros. Las acciones se suceden una tras otra. El desasosiego de los protagonistas, ciertamente invitados no deseados en una tierra hostil, se percibe en cada una de sus salidas de la base, el territorio seguro. Está muy conseguida esa hostilidad, manifestada por las inquietantes miradas y actitudes de una población de la que jamás se sabe si está de tu lado o prefiere destriparte. Hasta un niño asomado a un balcón o a una azotea podría representar un peligro. Pero, ¿qué estamos pensando? Ese es el gran acierto de este tipo de películas. Han conseguido que veamos como una amenaza manifiesta a cualquier persona que habite un país considerado enemigo de los Estados Unidos. Los iraquíes no tienen casi ni rostro ni, por supuesto, palabra. Son entes amorfos contra los que hay que disparar en caso de duda. Los únicos que hablan en toda la película son un pobre hombre al que le han llenado el cuerpo de bombas, y un grupo letal que acaba con la vida de un inocente coronel que jamás antes había pisado el frente.



He leído en alguna crítica que la película es comparable a “Apocalypse Now” o “El cazador”. Nada más lejos de la realidad. Esos dos títulos, al igual que prácticamente todos los que se rodaron en aquella época, eran profundamente críticos con la intervención de Estados Unidos en Vietnam. Actualmente, nadie se plantea siquiera cualquier razón moral o política que justifique la presencia en Iraq de las tropas estadounidenses. Se trata como a ganado tanto a los soldados que cuentan cada uno de los días que les quedan para volver a casa, como a la población que sufre sus desmanes y los de los insurgentes que probablemente la presencia norteamericana ha provocado. Las películas bélicas que se hacían antes (“Hair”, “Senderos de gloria”, “Gallípoli”, “Salvar al soldado Ryan” y tantas otras, aparte de las dos mencionadas) portaban una intensa carga de antimilitarismo, de denuncia de la guerra. Las de ahora, cuando menos se sitúan en una posición ambigua, al igual que los juegos a los que he hecho mención antes. “La guerra es una droga” es la frase con la que empieza la película, con toda la carga de adicción que tamaña frase puede conllevar. Estamos aquí para salvar a la población, aunque para ello tengamos que cargárnosla, parece ser la lectura subliminal de este tipo de películas.



Todo esto pensaba a medida que transcurría la película. Tampoco hacía falta prestar mucha atención para no perder el hilo, sobre todo en determinadas y soporíferas escenas, como todo el episodio en el desierto. Seguía a la búsqueda de las nueve nominaciones, sin encontrar ni una siquiera. La burda escena de camaradería entre los tres compañeros, borrachos hasta caer al suelo y dándose puñetazos en el estómago, la absurda muestra de afecto con el niño iraquí apodado “Beckam” (necesaria, supongo, para intentar justificar un poco más el oscar al mejor actor), pasaban frente a mis ojos, deseosos de contemplar algo realmente merecedor de un premio. Se despliega cierta intriga ante el temor al bombazo inesperado, dada la profesión de artificiero de los protagonistas, pero quitando eso, nada.



Comencé a verlo claro más o menos hacia el final de la película. Tras una escena que a mi juicio podría resultar incluso obscena, con ese pasillo de supermercado inundado de miles de marcas de cereales, como contrapunto a la miseria del país en el que se desarrolla la acción, comencé a recapacitar. Nuestro buen soldado, a continuación, habla con su hijo pequeño, y viene a decirle, más o menos, que lo único que le interesa en la vida es hacer su trabajo, que consiste en desactivar bombas. “Los iraquíes nos necesitan”, proclama en una frase a la que sólo le falta música de fanfarrias. Tate, aquí está. La justificación a las nueve nominaciones. Escena final con el artificiero embutido en su traje antibombas, caminando como John Wayne por una calle de la zona en conflicto, mientras la música suena y la película acaba. La escena cumbre ideada por una directora que sabe de sobra la forma de tocar la fibra de los que deciden el destino de la estatuilla. Y entonces lo vi claro, amigos.



“En tierra hostil” va a arrasar, pero no porque se trate de buen cine. Va a arrasar porque los americanos necesitan esos nueve oscars, o el máximo número posible de ellos, para justificar en cierto modo su presencia en Iraq. Se trata de una entrega de oscars meramente política, decidida probablemente por las máximas autoridades. Los tiempos están cambiando, y a pasos agigantados. Si antaño se concedían premios a películas críticas con la intervención de Estados Unidos en conflictos lejanos, ahora se conceden a películas que hacen propaganda de la policía del mundo en que se está convirtiendo ese país sin que nadie se lo haya pedido. Me imagino a miles de jóvenes americanos corriendo, tras ver la película, a alistarse en el ejército para convertirse en el artificiero salvador, o para llevar el único sistema que funciona (según ellos) a esos bárbaros que habitan fuera de sus fronteras. No me considero antiamericano, ni por lo más remoto. La cultura americana nos ha proporcionado grandes iconos a lo largo de todos los tiempos, pero prefiero que se queden en su casa. Cuando salen, son capaces de los mayores desmanes, provocados por su profundo desprecio y desconocimiento de la naturaleza de los seres humanos que se les pongan por delante. Resulta inevitable eliminar ese tufillo que desprenden “En tierra hostil” y otros títulos parecidos (“Black Hawk derribado”, por ejemplo, que sin embargo resultaba infinitamente más interesante). Tufillo a que los ciudadanos del resto del mundo somos ciudadanos de tercera categoría comparados con ellos.



En resumen: película más o menos entretenida, que despertará grandes sensaciones a la legión de adoradores y fanáticos del Call of Duty, pero que ni por asomo se merece ni uno sólo de los oscars para los que ha resultado nominada.

1 comentario:

Juana Margarita Guerrero Garnica dijo...

Por desgracia coincido contigo en lo que decís respecto a los gringos y su total ignorancia del resto de la raza humana fuera de sus fronteras, también es verdad que por esa misma razón nos consideran al resto seresde tercera categoría o poco menos que bestias...pero sobre todo, es cierto que ellos destruyen todo aquello cuanto deciden tocar con sus manos y su cine es siempre o casi siempre un mecanismo para marcar la pauta de por dónde tiene que ir la cosa porque ellos así lo deciden.
Es verdad, de un tiempo para acá, andan tratando de recuperar terreno y demostrar su presencia necesaria en los lugares que están invadiendo (Medio Oriente, por ejemplo) razón por la cual se vuelven necesarias para ellos, películas como estas y los respectivos premios.
A mi, para ser sincera, es solo otro acto más de los gringos que me sigue proporcionando el mismo asco nauseabundo de siempre...y lo digo con toda la solvencia que tengo de miembro de país tercermundista hundido en su desgracia por causa de la invasión política estadounidense.