viernes, 5 de febrero de 2010

Un tipo serio

“Recibe con simplicidad todo lo que te venga”, es más o menos la frase de un Rashi, un famoso rabino judío de la edad media, gran teórico de la Tora y el Talmudo, que a veces solucionaba los problemas con una sola palabra.



La frase describe a la perfección el espíritu que aletea durante toda la película, que podría parecer a priori aburrida, densa, pero que transcurre con facilidad para todo aquel que la contemple aplicando a su propia naturaleza la frase de Rashi. Larry Gopnik es un hombre serio (un hombre serio. No me parece adecuado el título “un tipo serio”, ligeramente despectivo). Magistralmente interpretado por Michael Stulhbarg (todo un descubrimiento, tengo que decirlo), Gopnik trata de caminar por la vida con seriedad, con rigor y con claridad. El espectador tiene la impresión de que al bueno de Gopnik le encantaría que todo se rigiera con las mismas leyes de las matemáticas, materia que imparte en un instituto. En este sentido resulta interesante la conversación que mantiene con uno de sus alumnos, un coreano que trata de sobornarle para que le apruebe. “Ni siquiera comprendo la paradoja del gato vivo y del gato no vivo. Lo que para mí está claro es toda la explicación matemática que viene detrás”.



No se sabe muy bien si es a partir de ese momento, el de la conversación con el incombustible alumno coreano, cuando la vida empieza a torcérsele al pobre Gopnik, o la tragedia viene de antes. Su típica familia americana se confabula para sacarle de sus casillas. En resumen, podría decirse que Gopnik trata a toda costa de mantener su honradez, pero el mundo no le deja. Su hijo, próximo a esa ceremonia de iniciación que tienen los judíos, se gasta el dinero en marihuana, y cuando va a pagar a su terrible camello, un inocente compañero de clase que parece medio lelo, le confiscan la radio en la que ha escondido el dinero. La confiscación da lugar a una memorable escena, en la que el director, un anciano judío, trata de comprobar el funcionamiento del aparato sin dejar pronunciar una palabra al pobre chico, que se pone nervioso ante la torpeza e ineptitud del pobre hombre. La hija de Gopnik se preocupa sólo de su pelo, y choca frontalmente con su tío, que ocupa el baño de la casa durante todo el tiempo para drenar su quiste sebáceo. Por si tanta tristeza no resultara suficiente, la esposa de Gopnik le propone el divorcio, ya que las cosas, al parecer, no van bien entre ellos, a pesar de que ni el mismo Gopnik parecía consciente de ello.



Gopnik, y esa es una de las grandezas, entre otras muchas, que para mí tiene la película, recibe todo lo que se le viene encima con simplicidad, pero también con una profunda sorpresa. Si en ciertos momentos podría pensarse que la película iba a derivar hacia “un día de furia”, a medida que conocemos a Gopnik mos damos cuenta de que eso no es posible, que la bondad y la nobleza de este hombre se estiran como un chicle ante las adversidades, y de que su capacidad de aguante y de incredulidad ante todo lo que le está pasando es infinita. A pesar de las amenazas, de los acosos constantes de su mujer y de su amante, de ese contacto con la incomprensible filosofía de vida coreana por no haber querido aprobar a ese alumno, Gopnok sigue adelante, y mantiene su integridad, o trata de mantenerla, por encima de todo.



Fred Melamed interpreta al amante de su mujer. Este personaje, otro descubrimiento, merece entrar por méritos propios en el olimpo de personajes que nos hacen amar el cine a los que lo amamos. Sólo por crearlo, los hermanos Coen merecen todo mi respeto y gratitud por los siglos de los siglos. Resulta indescriptible la capacidad de persuasión, la hipocresía a ultranza que despliega un tipo (este sí que es todo un tipo) que es capaz de sugerirle a Gopnik que se vaya a vivir a un motel, al tiempo que coloca su mano sobre su alucinado rival como gesto de amor. Desplegando el colmo de la amabilidad, se mete en la vida de Gopnik como un elefante en una cacharrería. Sólo interviene en un par de escenas, pero os aseguro que no tienen desperdicio. Creo que esas dos escenas representan el paradigma de la labia y la hipocresía humanas.



Gopnik vive, o sobrevive más bien, capeando el temporal como puede, aunque lo cierto es que lo único que hace es dejar que los acontecimientos le marquen el ritmo. Los únicos momentos de felicidad que tiene (la ceremonia de iniciación de su hijo y el encuentro con su inquietante vecina, otra gran actriz) no compensan en absoluto los momentos de tensión. Finalmente, abrumado por los acontecimientos y por los pagos que se le vienen encima (entre ellos, hay que joderse, el del entierro del amante de su mujer, que se ha matado en un accidente de coche), rompe su regla de honestidad, y aprueba al alumno coreano. Todo parece haber acabado, pero los hermanos Coen nos sorprenden una vez más con un final abierto a todo tipo de conjeturas.



“Recibe con simplicidad todo lo que te venga”. La película comienza con la frase de un rabino famoso. Resulta ante todo sorprendente la implacable capacidad de los hermanos Coen de reírse de sus propias creencias, de una forma de vida, la de la comunidad judía, tan encorsetada por sus rancias e innumerables tradiciones que resulta a veces ridícula. Si a toda la parafernalia moral y religiosa que rodea la vida de un judío, le unimos la necesidad de Gopnik de pedir ayuda a los rabinos, nos queda una implacable y acertada sátira contra todo ese mundo. Cada una de las entrevistas con los tres rabinos que mantiene Gopnik, está precedida de un solemne título a toda pantalla y de una especie de mazazo musical. Cada uno de los tres rabinos es mayor que el anterior. Si bien el joven parece mantener una cierta ilusión, aunque sea incapaz de darle una solución a los problemas de Gopnik, el maduro parece estar ya de vuelta de todo, y lía todavía más al protagonista con la surrealista historia del dentista, que no conduce a ninguna parte. El tercer rabino, que se supone que ha alcanzado la sabiduría, ni siquiera se digna a recibir a Gopnik, porque “está pensando”, según su carpetovetónica secretaria. En este sentido, el de la sátira a la tradición judaica, resulta admirable la escena de la iniciación del hijo de Gopnick. Rodada con una cámara que distorsiona ligeramente el ángulo visual, y que refleja a la perfección la angustia que siente el muchacho antes de enfrentarse con esa dichosa Tora que tiene que leer para ser aceptado en la comunidad (¿dónde narices fabricarán esos enormes rollos de pergamino que los rabinos les hacen leer a los chavales? ¿no os lo habéis preguntado nunca?), la escena es todo un ejemplo de bien hacer cinematográfico. A los que vayais a verla, y penséis que os habéis equivocado de sala ante la historia que se nos cuenta al principio, deciros que no es más que otra surrealista fábula judía, que ilustra perfectamente, como el abierto final, la frase que preside la película y esta entrada.



Una película muy entretenida, con personajes de curiosa filosofía dignos de recordar, y una acerada crítica a un modo de vida anquilosado en sus propias raíces. Muy recomendable.



2 comentarios:

Andres Pons dijo...

Me encantan estos hermanos. A ver si puedo verla.

Un saludo amigo.

B. Miosi dijo...

La vi, y está dentro del estilo de los hermanos Coen, críptica, no diría entretenida, diría más bien profundamente reflexiva.