lunes, 8 de febrero de 2010

Invictus, de Clint Eastwood



Clint Eastwood ha conseguido lo que no saben o no les permiten hacer a la infinita mayoría de los directores de cine americanos, ya sea por ignorancia o por esa pleitesía que algunos prefieren rendirle a la comercialidad frente la puro arte: imprimir un sello personal a cada una de sus películas. Un sello personal marcado por el compromiso, el buen hacer y una serie de valores morales o éticos con los que toda persona más o menos normal, más o menos observadora, más o menos capacitada para ponerse en el lugar del otro, tiene que estar de acuerdo casi por fuerza.

Si a esa capacidad de transmitir valores, sentimientos o simples emociones, le añadimos un tema tan peliagudo, sugerente y emotivo como los primeros años de gobierno de Nelson Mandela en Sudáfrica, con toda la carga de tensión que suponía terminar con el apartheid que había dominado la vida en Sudáfrica durante tantos y tantos años, surge lo que surge: una auténtica obra maestra con mayúsculas, una película épica de esas que se quedarán grabadas para siempre en nuestra memoria.

Resulta imposible describir el cúmulo de sensaciones que transmite el genial trabajo de Clint Eastwood. Sin fanfarrias, sin estridencias, sin melodramas, nos muestra simplemente la grandeza de un hombre que aplicó sobre sus verdugos la más noble de las venganzas: el perdón (“la más noble de las venganzas es el perdón”. Es una frase de Eric Cantona en la película “buscando a Eric”, de Ken Loach, motivo para una futura entrada, pero que me viene al pelo ahora para esta crítica). Cuesta creer que un hombre en apariencia tan sencillo como el dirigente sudafricano fuera capaz (posiblemente debido a esa sencillez) de ganarse el corazón y el apoyo de cuarenta y dos millones de personas. Cuesta creer que Mandela pudiera evitar, simplemente con la palabra y con el bagaje moral que le proporcionaba el hecho de haber estado encarcelado durante un montón de años, el baño de sangre que se hubiera producido en cualquier otro lugar: Morgan Freeman se mete tanto en el papel, que no es Morgan Freeman, como en otras muchas películas de este gran actor. A través de sus ojos, de sus palabras, de su paz interior y de su grandeza de espíritu, sabemos en todo momento que no es él el que habla, el que actúa, sino Mandela. La inabarcable personalidad de este líder mundial trasciende y absorbe hasta al actor que le está interpretando.

No es una película de rugby. Quedaros tranquilos en ese sentido. Alguien de los que la había visto (creo que el único al que no le gustó de todos los que me hablaron de ella, probablemente porque es un fanático del fútbol) me transmitió esa sensación. “Las escenas de rugby son muy largas”. Ni son muy largas, ni ocultan el mensaje de la película, sino que lo fortalecen. La magistral labor del capitán de equipo interpretado por Matt Daemon (¿qué ha hecho este tío para ponerse tan tocho? Parece un jugador de rugby profesional) es un ejemplo de motivación y compromiso que deberían estudiar los dirigentes de recursos humanos de todas las empresas del mundo. Sin ordenar, sin enfados, sin alegrías, con tranquilidad y simple saber estar, consigue en cada momento lo que quiere de los miembros de su equipo. Resulta emotiva la capacidad de este hombre de captar el sufrimiento de Mandela durante sus años en prisión. En una de las escenas más impresionantes que pueda recordar, en el transcurso de una visita a la cárcel en la que estuvo el mandatario, el capitán del equipo de rugby se pregunta cómo es posible que alguien pueda sobrevivir, sin volverse absolutamente loco, en un espacio tan ridículamente pequeño.

En este sentido, el de las escenas emotivas, lo cierto es que no sabría con cual quedarme. El amigo Eastwood es un maestro en el difícil arte de ponernos la carne de gallina. Podría quedarme con toda la historia de los guardias de seguridad, procedentes unos del servicio secreto de Le Clerc (los blancos) y añadidos otros (los negros) por el nuevo gobierno. De la tensión que se masca al principio, que parece a punto de estallar a tiros, se pasa paulatinamente a una camaradería cada vez más acusada, hasta acabar jugando entre todos un improvisado partido de rugby en el césped del palacio presidencial.

Podría hacer mención también a las dos escenas con la criada negra de la familia del capitán del equipo de rugby. En la primera, cuando Matt Daemon recibe con incredulidad y sorpresa la invitación de Mandela para hablarle de la copa del mundo de rugby, ella se acerca a él, y con toda naturalidad, le dice “dígale al presidente que la línea de autobuses de este barrio funciona muy mal”. Soberbio. ¿Existe una forma más artística, más sugerente, más elegante, de transmitir la suprema confianza que los habitantes negros de Sudáfrica tenían en su dirigente? Para esa mujer, resulta natural que su presidente se ocupe de un problema en apariencia tan nimio, porque sabe que Mandela está en todas partes. “Mandela está en todas partes. No se le escapa nada”, es una idea repetida a todo lo largo de la película, tanto por negros como por blancos.

En la otra escena protagonizada por la criada negra, Matt Daemon aparece en su casa con entradas para ver la final de rugby. Le rodean sus padres y su novia. “pero aquí hay cuatro entradas”. Todos se vuelven hacia la criada, que sonríe. La cuarta entrada es para ella. Joder, no me digáis que no se trata del buen hacer de un auténtico maestro. Si no se te eriza el pelo ante escenas así, deberías ir a un psicólogo, o cuando menos, a un dermatólogo.

La escena del muchacho que se pega al coche de policía para escuchar la retransmisión del partido (y la complicidad de la policía, que le deja hacer), la escena del equipo de rugby cantando el himno (cuando previamente habían desistido de aprenderlo), la escena del mismo equipo enseñando rugby a los niños de los guettos... Resulta imposible quedarse con alguna en concreto, ya os lo he dicho. La capacidad de Eastwood para transmitir emociones es infinita. Y no hablo de sensiblería, de la que estaba sobrada “los puentes de Madison”, por poner un ejemplo del mismo director, sino de algo más profundo. Una simple mirada, un gesto, una sonrisa, una frase, sirven para mucho más que el despliegue de exageraciones emocionales que se pueden ver en otros muchos títulos.

Resulta inevitable también pensar que tal vez hoy en día resultara imposible conseguir lo que consiguió este hombre con su sola presencia: la unificación de todo un país, incluso entre personas de distinta raza. ¿No deberían aplicarse un poco nuestros dirigentes políticos para aprender algo de Mandela? Creo que no nos vendría nada mal.

No tendría sentido esta crítica sin mencionar el poema que leía Mandela cada día en su celda para no caer en la depresión, y que además sirve para darle título a la película. Es de William Ernest Henley.

INVICTUS

Más allá de la noche que me cubre
Negra como el abismo insondable
Doy gracias a los dioses que pudieran existir
Por mi alma invicta
En las azarosas garras de las circunstancias
Nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
Mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
Donde yace el horror de la sombra
La amenaza de los años
Me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
Cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino
Soy el capitán de mi alma

2 comentarios:

Anónimo dijo...

nada mal sus impresiones. y de los anteriores también. seguiré su blog.

B. Miosi dijo...

La vi por recomendación tuya y no me defraudó. Una buena película, que nos hace conocer más a fondo a ese hombre admirable, Mandela.